jueves, 25 de octubre de 2007

· La Diosa en la mitología de la Vieja Europa

En las sociedades prehistóricas, a la Gran Diosa Madre de la Tierra se la representaba con anchas y maternales caderas, y grandes y sensuales pechos. Era la personificación de la fertilidad, la vasija donde vida se gestaba. Cuando el cazador primitivo regresaba victorioso, se ponía los cuernos de sus presas y copulaba con una mujer fértil elegida al efecto. Ella representaba a la Madre Tierra y él al Dios Cornudo, su hijo. Se creía que en virtud de esta poderosa unión cualidades extraordinarias incrementarían la capacidad para sobrevivir y prosperar en la vida de toda la tribu.

La festejada unión entre el dios Cornudo y la Madre Tierra se solía producir en primavera y otoño. Durante la primera cacería proveería de comida a la tribu tras los largos meses del invierno, en tanto que la segunda servía para almacenar alimentos antes del inicio de los fríos.

El dios cornudo aparece en casi todas las culturas antiguas. El gran templo egipcio Karnak, estaba dedicado al dios cornudo Amón-Ra. En muchas civilizaciones, los lugares sagrados se representan mediante cuernos. Incluso el antiguo Testamento está salpicado de referencias a los cuernos, como por ejemplo, los “cuernos del altar” o el “cuerno de mi salvación”. Las naciones conquistadoras colocaban cuernos en sus yelmos como símbolo de sus hazañas, y ciertas culturas nativas de Norteamérica siguen utilizando los cuernos como parte de su ropa ceremonial. El dios cornudo era el señor de la virilidad y de la primavera.

La llegada del cristianismo transformó al dios cornudo en el diablo, en un intento de desacreditar los antiguos rituales de glorificación de la sexualidad. Con ello, la Iglesia pretendía acabar la verdadera base de las religiones antiguas convirtiendo el sexo en algo abyecto, propio de las bestias. Los antiguos ritos fueron aniquilados, mutilados y ridiculizados y las mujeres fueron identificadas con Eva, la malvada tentadora cuyos actos por sí mismos valieron a la humanidad su expulsión del Jardín del Edén.

La potencialidad de la mujer fue casi borrada por completo y con ello también disminuyó la verdadera potencialidad del hombre. Lo que quedó fueron cáscaras humanas vacías, desprovistas de todo impulso natural de sexualidad que es lo que nos pone en fértil contacto con la Madre tierra. Las repercusiones fueron formidables. Hombres y mujeres perdieron el respeto hacia sí mismos, con la consecuencia de una devastadora falta de respeto por la propia tierra. La destrucción y el abuso tomaron el lugar del honor y la devoción.

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