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El Pilar de Zaragoza y la sangre de las mujeres


foto montaje de Marianna.
Por Marianna García Legar

Cuenta la leyenda que en el año 40 Santiago peregrinaba por España y, al llegar al poblado indígena de Salduie, se le apareció la mismísima Virgen María en carne y hueso, de pie sobre un pilar de Jaspe rojo. María le dijo a Santiago que en torno a ese pilar construyera la primera iglesia mariana del mundo; encargo que él cumplió construyendo allí mismo una iglesia de adobe.

Hasta la misma iglesia católica admite que la leyenda carece de base alguna, y nosotras sabemos que ese relato es sólo uno más de los mitos de reemplazo con los cuales se cristianizaron los antiguos cultos femeninos indígenas. Que la iglesia decidiera levantar allí un templo importante y lanzar una leyenda en torno él, ya sería indicio de que el lugar probablemente tenía un culto femenino anterior. Sin embargo es difícil encontrarlo cuando rastreamos su historia.

Los restos más antiguos hallados en Zaragoza son del siglo VI antes de nuestra era, y corresponden a la ciudad-estado de Salduie perteneciente a la tribu de los sedetanos, pueblo indoeuropeo de tipo celta hallstático procedente de la zona de la actual Bélgica. Claramente patriarcales, de lengua protocéltica indoeuropea, llegaron a la Península y tomaron como destino final el valle medio del Ebro, donde se asentaron al sur del río. Incineraban a los muertos, acuñaban moneda y adoraban a dioses masculinos, de los que han sido hallados uno equivalente a Marte, y otro representado como un dios con arado que presidía la agricultura. Hay algún rastro de culto a Démeter, pero claramente no era una deidad principal. El jinete y el caballo eran para ellos sus símbolos básicos como representación de heroicidad guerrera. Cuando Roma invadió la Península, se aliaron rápidamente con ella y participaron en sus guerras. Por lo tanto por aquí no podemos encontrar referentes simbólicos femeninos, aunque no puede descartarse que, al contar Zaragoza con 3 ríos (Ebro, Huerva y Gállego), pueda haber habido allí algún culto anterior a una divinidad femenina de las aguas, tan frecuente en la antigua Península Ibérica.

Sin embargo el dato del pilar de Jaspe Rojo es muy sugerente simbólicamente dado que la leyenda nos dice que el pilar en cuestión es, en realidad, más importante que la misma estatua de la Virgen. La columna (pilar) mide un metro sesenta de alto y tiene un diámetro de 24 cm. Actualmente está forrada con bronce y plata, y por detrás tiene una apertura llamada “humilladero” que permite acceder a la piedra, para que la gente se arrodille para besarla. Normalmente está cubierta por un manto enorme, pero puede verse entera los días 2, 12 y 20 de cada mes, ignoro el porque de estas fechas.

Cuando se conocen las propiedades y tradiciones en torno al Jaspe rojo, se puede deducir claramente que esta piedra simbolizaba en la antigüedad la sangre femenina y la fertilidad.

El jaspe rojo o Jaspe Sanguíneo es una roca ígnea del tipo del sílex con alto contenido en hierro, a lo que debe su intenso color rojo. A veces, lleva dentro piezas sueltas que suenan al mover la piedra, como si llevara otro ser en su interior, siendo en este sentido un símbolo de la mujer embarazada.

En varias culturas mediterráneas de la antigüedad se creía que el Jaspe era la sangre petrificada de la Tierra
Nudo de Tit de Jaspe rojo.
y se le atribuía la capacidad de regular la pérdida de sangre tras el parto, calmar el dolor de la menstruación y el parto, y ayudar a las mujeres a tener leche para dar de mamar. En Egipto era llamado “Sangre de Isis” y se hacía con esta piedra el amuleto llamado “Nudo de Tit”, que representaba los órganos genitales de Isis y daba a quien lo llevara las virtudes vivificadoras de la sangre de la diosa. También la diosa egipcia Sekhmet fue considerada “Señora del Jaspe Rojo”. En Babilonia se utilizaba para favorecer el embarazo y el parto, como más tarde también en Roma.

Estos saberes parecen haberse mantenido durante milenios, porque en el siglo XI Marbodio, -obispo de Ruán, Francia-, aconsejaba a las mujeres que colocaran un jaspe rojo sobre su vientre para calmar los dolores del parto y, más tarde en el siglo XV, el alquimista castellano Enrique de Villena lo recomendaba en el mismo sentido.

En cuanto al pilar en sí mismo, hay una larga tradición de pilares que representaban a las antiguas diosas o, dicho a la inversa, de diosas cuyos cultos comenzaron bajo la adoración de un pilar o columna. Las mismas cariátides, columnas con forma de cuerpo de mujer, serían herederas de ese simbolismo.

Hace 9.000 años, en el sur de Anatolia, -actual Turquía-, floreció la ciudad de Çatal Hüyük, el mayor emplazamiento neolítico del Próximo Oriente. Entre el 7.000 y el 5.000 antes de nuestra era tuvo su período de mayor florecimiento para ser luego abandonada por razones que se desconocen. Esta cultura nos refleja el culto neolítico a la diosa madre y en las excavaciones allí realizadas se encontraron pilares rojos que la representaban, simbolismo también hallado más tarde en las culturas de la Vieja Europa excavadas por Marija Gimbutas, así como también en la Creta minoica.

En estelas de Cartago, el pilar representaba a la diosa Tanit, culto que sabemos que los cartagineses trajeron a la Península Ibérica, ya que esta diosa fue adorada en Ibiza. El culto al pilar también se manifestó a través del culto al tronco que nos refiere a la diosa Ashera, consorte de Yahvé antes de que su rastro fuera borrado por el patriarcado semita, y a cuyo nombre se debe la denominación de ashera o asherim para los troncos que la representaban.

El culto a los pilares también refleja la evolución del prehistórico culto a las piedras erguidas, el cual parece haber sido heredado en 
Diosa Pájaro Neolítica
hallada en Lebrija, Sevilla.
los llamados ídolos oculados neolíticos, que tienen forma de pequeños pilares y representan a la diosa pájaro. Milenios después, en las actas del martirio de las santas Rufina y Justina de la Sevilla del siglo III, se menciona que el pueblo llevaba en procesión “un ídolo sin brazos, ni manos, ni pies” que podría tratarse de uno de estos pilares o troncos que representaban a la antigua deidad bajo su aspecto andrógino.

Refuerza estas hipótesis el hecho de que la estatua que se encuentra sobre el Pilar es una virgen negra. Realizada en madera de cedro a partir de un tronco que fue rebajado hasta modelar la imagen, la escultura se atribuye al escultor Juan de la Huerta y se cree que fue realizada hacia 1435 para reemplazar la imagen anterior que se quemó en un incendio. Lo más relevante de esta imagen es que las vírgenes negras siempre señalan antiguos lugares de culto femenino a la madre Tierra. Nadie puede aducir que esta virgen es negra por “el humo de los cirios”, como suele decir la iglesia para justificar el color negro de algunas vírgenes, ya que la elección de la madera de cedro, que oscurece al envejecer, demuestra la intención simbólica de su autor.

Sobre la Virgen del Pilar se han volcado muchos conceptos netamente patriarcales. Se la transformó en la patrona de la Guardia Civil y de la Armada española, fue un importante símbolo franquista y su celebración fue establecida intencionalmente el mismo día de la llegada de Colón a América, que marcaría el inicio de la invasión y devastación de las culturas indígenas americanas.

Mi propuesta es reclamar y recuperar a la Virgen negra del Pilar, patrona de Zaragoza, como lo que se esconde tras el velo del olvido: el arquetipo de una representación ancestral del poder fertilizador de la sangre de las mujeres, reflejada en ese pilar rojo que nos trae la memoria olvidada de los antiguos cultos indígenas que honraban lo femenino en la península ibérica. Y ese símbolo nunca puede representar a una diosa de la guerra, el ejército o la invasión, porque representa a la madre tierra y su amor infinito. Honrémosla, pues, este 12 de octubre para que su bendición sane las heridas entre los pueblos que habitan nuestra tierra.

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• El Árbol y la Diosa


Místicamente la Diosa fue conceptuada en la remota antigüedad como un gigantesco árbol cósmico, donde se unen todas las realidades. Tanto el pasado como el futuro, tanto el subconsciente como el supraconsciente, tanto la vida como la muerte, la materia y el espíritu.

La diosa como Árbol Cósmico es el Axis Mundi, el Eje del Mundo, en torno al que giran todas las realidades de espacio y tiempo.

Se la ha llamado también el Árbol de la Vida, ese que el dios patriarcal bíblico temía hallaran Adán y Eva después de haber probado el fruto del árbol del Bien y el Mal que les despertó a la primera estadía de la conciencia.

El Árbol Diosa era así la Madre del Universo, la Madre Árbol, que posteriormente se transformó en columna sagrada en torno a la cual se levantaron templos de piedra. Ese Árbol Diosa era dador de todos los frutos de bienaventuranza: nutrición, conocimiento, conciencia, alquimia, eternidad...

Los dioses patriarcales acabaron persiguiendo al Árbol como símbolo sagrado, convirtiéndolo en puerta de tentación y perdición, para finalmente talarlo y erradicarlo del acervo de nuestra conciencia mística.

El Árbol Cósmico simboliza tanto a la creación como al ente creador, que en esencia son uno. E igualmente el Árbol sagrado será la puerta de entrada a la iniciación y transformación del ser humano desde el estado de conciencia ordinaria al estado de conciencia despierta.

Los antiguos poseían bosques sagrados donde encontrarse con la divinidad, pero cuando llegaron los dioses patriarcales esos milenarios bosques fueron destruidos.

El ser humano actual ha perdido al árbol como elemento místico y también como compañero de vida. Ya nadie mantiene la capacidad de ver a la Diosa en un Árbol Sagrado, ya nadie presiente y concibe al Árbol Cósmico que engloba y despliega toda la creación. Cada galaxia es una hoja de ese Árbol en un determinado nivel de espacio-tiempo. Pero ese Árbol posee infinitos niveles visibles e invisibles, donde se guardan todos los espacio-tiempos.

Viajar por el interior del Árbol de la Diosa es acceder a los mundos ocultos, a las realidades inaccesibles por la conciencia ordinaria. Las Raíces de ese Árbol nos permiten introducirnos en la tierra más profunda, en los secretos del mundo material, en las cavernas del subconsciente. E igualmente ese Árbol a través de sus Ramas nos posibilita viajar a los reinos del espíritu, a los reinos de la luz. Y descubrir que todos esos niveles y reinos, celestes y terrenos, son uno en la Diosa. No son realidades opuestas sino una única realidad que nosotros percibimos dividida y enfrentada.

No obstante para la cultura celta el Árbol siguió representando a la Diosa, a la divinidad creadora y salvadora, en vez de los dioses solares y los Mesías. Retornar a la tierra, al árbol, era retornar a la diosa y su reino preternatural. La sangre del auténtico Santo Grial era la Sangre Sagrada de la diosa y de la tierra. El Árbol de la diosa destila la leche salvadora e inmortal. O bien produce los frutos que conducen a ese estado de transformación.

La sangre o leche de la diosa árbol-serpiente-tierra conduce al reino sagrado, llamado Paraíso, Avalon o Reino Preternatural. Reino eterno donde el ser individual se vuelve inmortal (y conexionado con el Todo) frente al reino mortal y fragmentado donde habita nuestra conciencia, aprisionada en viejas estructuras mentales y biológicas que poseen férreo poder.

Los cristianos readaptaron el viejo mito de la diosa árbol fusionándolo con el de un mesías salvador. Así este muere en un Madero o Cruz-Árbol que simboliza el Axis Mundi de la Diosa. Muere en el Árbol para así renacer transformado después, al igual que lo hace Odín colgado cabeza abajo en el fresno cósmico Iggdrasil. Cristo se fusiona con la Madre-Árbol mediante su muerte y por ello de su cuerpo surge la sangre mística que mana de la herida de su costado. Por ello la sangre de Cristo en el santo grial cristiano es la misma sangre de la Diosa-Árbol-Tierra-Serpiente del mito eterno. Cristo desciende con su muerte a la Tierra o Reino de la Diosa para así renacer investido del poder inmortal divino. Pero en realidad este mito es extensible a todo ser humano y no a ningún dios descendido del cielo que mantiene la creencia cristiana.

Es destacable que el controvertido mito de los vampiros es una degeneración de estos principios iniciáticos. El vampiro, hijo de la noche, descansa bajo tierra o dentro de un ataúd de madera (árbol sagrado) para despertar a una vida inmortal. Supuestamente se alimenta de la sangre de los mortales, lo cual es una tergiversación o deformación del mito original. También el mito literario o cinematográfico del hombre lobo es otra tergiversación del mito original.

En realidad el vampiro auténtico se alimenta de la sangre de la tierra o sangre de la diosa (sangre grialiana), que es la única que puede conferir la vibración energética de la eternidad. La sangre es un símbolo de vida eterna, pues es obvio que perderla biológicamente lleva a los seres vivos a la muerte. Pero místicamente se trata únicamente de un mero símbolo. Es obvio que la sangre de la diosa es una energía vibratoria cósmica que se halla depositada en el interior del universo.

Que los vampiros de la tradición patriarcal rechacen la luz solar o la cruz solar no es sino otro símbolo de que representan una vieja religión que fue perseguida por las nuevas religiones solares. Ellos permanecen fieles a la diosa y por ello sólo salen bajo la influencia lunar. Pero todo esto no es sino un cuento al igual que lo de los ajos, los espejos, etc. El trasfondo vampírico ha sobrevivido sin embargo en el mismo cristianismo donde el propio Cristo ofrece su sangre (divina o inmortal) para que la beban sus seguidores y así despierten (sólo es un ritual simbólico) a la supuesta vida eterna.

Mas toda esta sangre que mencionamos no es ni la de Cristo ni la de los Vampiros (que también cuando la dan a beber a alguien lo convierten en un nuevo vampiro o ser inmortal) sino la sagrada sangre divina de la Diosa-Árbol-Tierra-Serpiente. Todos los demás mitos proceden de ahí, que es el único original.

El dragón es el guardián de los secretos de la Tierra-Diosa-Árbol y no un símbolo del mal como posteriormente fue utilizado en ciertos ámbitos. Es curioso una vez más observar que el famoso y teatral vampiro Drácula de la literatura significa Drakul o Dragón. Igualmente Hékate es el aspecto oscuro de la diosa tierra-serpiente-árbol. Guardiana de los mismos secretos que protege el Dragón.

Mas aunque el bosque sagrado esté herido de muerte, la Diosa-Árbol siempre podrá ser hallada en nuestro interior, a pesar de que la Tierra-Árbol como planeta también está ahora siendo destruida por la ceguera y avaricia humana.

Simboliza el Árbol de la Vida Yggdrasil, así como la unión con la Diosa celta de la Tierra (la unión de la tierra (raíces) y el espíritu (copa).

Para los celtas, el árbol refuerza la integridad de cuerpo y espíritu, proporciona riqueza salud y sabiduría.

Antiguo animal simbólico celta y nórdico. Se le considera protector del mundo material, guardián de los templos y tesoros, cuidador de todas las riquezas.
Como amuleto proporciona suerte y riqueza material, así mismo, fomenta la capacidad creadora, tanto física como espiritual.

• ¿Qué es el chamanismo de la Diosa?


Párrafos extraidos del libro “La Mujer Shakti. Sintiendo nuestro fuego, sanando nuestro mundo”, de Vicki Noble. ISBN 9788460934820- Editorial

“Originalmente los chamanes eran mujeres. La comunidad paleolítica se diversificó en tribus que hablaban diferentes dialectos y durante ese tiempo la palabra chamán adquirió una connotación masculina en el idioma de los tungus, del que derivó el uso actual. Geoffrey Ashe vincula el antiguo chamanismo femenino con la constelación del Gran Oso y la diosa Artemisa y cronológicamente lo sitúa en el período paleolítico. Las imágenes encontradas en las cuevas de esta era -mujeres embarazadas que bailan con animales, algunas descabezadas, otras con cabezas de pájaro o enmascaradas, que portan fetiches en los que se aprecian las muescas del calendario menstrual- son las pruebas evidentes de los rituales y ceremonias llevados a cabo en las cavernas. Ashe es muy preciso. Para él el chamanismo no fue un fenómeno individual sino una práctica que realizaba el grupo femenino. Y el poder de cohesión de este grupo estaba vinculado biológicamente a la menstruación y los misterios de la sangre en el nacimiento.”

(…)

“De acuerdo con Lord Lawrence Durdin-Robertson, la sangre derramada durante la menstruación es fructífera y la reclama la tierra como un “sacrificio” que no exige el tributo de la vida. El movimiento biodinámico agrícola contemporáneo, impulsado por Rudolf Steiner, hace uso de diversas fórmulas y remedios que utilizan las vibraciones de los niveles “etéreos” y “astrales” para cultivar alimentos abundantes y saludables, incluso en condiciones adversas. La comida obtenida de este modo es significativamente más sana y nutritiva que otras comidas, especialmente aquellas que han sido elaboradas con fertilizantes químicos y pesticidas. La sangre menstrual es el abono por excelencia, como han comprobado las mujeres feministas de nuestro tiempo al usarla en los invernaderos con enorme eficacia.

Durdin-Robertson sostiene que para que el ritual y la magia se practiquen con corrección y eficacia, se requiere el concurso de la sangre, de la menstruación porque es la única que se obtiene de forma honrada. Cualquier sangre puede ser usada con fines mágicos, pero la sangre menstrual es más vigorosa que todas las demás y al mismo tiempo es gratuita. Las mujeres antiguas estaban inmersas en un complejo proceso de transformación que incluía ceremonias rituales basadas en sus menstruaciones mensuales. El ocre rojo se utilizaba para pintar exteriormente cualquier objeto que tuviera importancia sagrada, como las estatuas, las pinturas rupestres, las esculturas en relieve, los huesos enterrados en tumbas antiguas, etcétera. Todavía existen pueblos tribales que el ocre rojo es un sucedáneo de la sangre menstrual: el agua mágica de la vida.

Los objetos de mayor antigüedad encontrados son huesos utilizados como calendarios menstruales, en los que aparecen marcados los ciclos lunares correctamente, así como las anotaciones tabuladas de los embarazos y las menstruaciones. Es probable que estos objetos fueran empleados por las antiguas comadronas chamanes. Con anterioridad a la realización de una serie, de pruebas científicas, los investigadores suponían que estos huesos cumplían una función ornamental o en el mejor de los casos representaban los atributos de autoridad (“bastones de Mando”) que utilizaban los machos dominantes. Pero tras la investigación microscópica llevada a cabo por Alexander Mashack, sabemos que las marcas de los huesos corresponden exactamente a tarjas lunares que encajan dentro de lo que él considera una tradición compleja urdida en torno a la figura creativa i Ir la mujer y toda la simbología que la caracteriza. Marshack asegura que esta tradición se inscribe en un complicado sistema matemático y científico. Toda esta información invalida la visión tradicional que se tenía de la “prehistoria”, pues, como señala este autor, el desarrollo de semejante modelo de conocimiento, tan complejo en sí mismo, tuvo que evolucionar necesariamente a lo largo de muchas centurias o incluso de milenios.”

El Arte Neolítico y la cultura matríztica


Tell Azmak, Bulgaria central, 6.000 a.C.
Extracto del Capítulo 2 del libro “El Cáliz y la Espada: ‪la mujer como fuerza en la historia‬” de Riane Eilser, ISBN 9789688605257.

Una de las cosas más impactantes del arte neolítico es lo que NO se representa. Pues lo que un pueblo no ilustra en su arte, puede decirnos tanto sobre ese pueblo como lo que SÍ muestra.

Un tema notorio por su ausencia en el arte neolítico, en marcado contraste con el arte posterior, es la imaginería que idealiza el poderío armado, la crueldad y la fuerza basada en la violencia. Aquí no hay imágenes de “nobles guerreros” o escenas de batallas. Tampoco existen huellas de “heroicos conquistadores” arrastrando a sus cautivos encadenados, u otras evidencias de esclavitud.

También, en agudo contraste con los restos de sus más antiguos y primitivos invasores masculino-dominantes, es evidente en estas sociedades neolíticas adoradoras de la Diosa, la ausencia de pomposas tumbas de “caudillos”. Y también en contraste con ulteriores civilizaciones de dominio masculino, como la egipcia, aquí no hay trazas de poderosos gobernantes que acarrean consigo a la otra vida a seres humanos más débiles, sacrificados a su muerte.

Anfora Etrusca, Italia, Museo Lieden.

Tampoco hallamos aquí, de nuevo en contraste con posteriores sociedades dominadoras, grandes escondites de armas u otros signos de aplicación intensiva de tecnología material y de recursos materiales a la fabricación de armas. La inferencia de que esta época fue mucho más pacífica  de lo que se piensa –y que en realidad, se caracterizaba justamente por esto-, se ve reforzada por otra ausencia: las fortificaciones militares. Éstas comienzan a surgir sólo gradualmente, al parecer como una respuesta a presiones de las belicosas tribus nómadas que llegan desde los confines del mundo, lo cual examinaremos más adelante.

En el arte neolítico, ni la Diosa ni su hijo-consorte portan los emblemas que hemos aprendido a asociar con el poder –lanzas, espadas o relámpagos, los símbolos de un soberano y/o deidad terrenal que se hace obedecer a través de la muerte y la mutilación. Aun más, es impactante en el arte de este período la carencia de la imaginería gobernante/gobernado, amo/súbdito, tan característica de las sociedades dominadoras.

Lo que sí encontramos por doquier –en templos, casas, en pinturas murales, en la decoración de vasos, de esculturas, estatuillas de greda y bajorrelieves-, es un rico despliegue de símbolos de la naturaleza. Éstos, asociados al culto de la Diosa, atestiguan el temor y admiración por la belleza y misterio de la vida.

Figulas femeninas con meandros.
Rumania, 5.000 a.C.

Están presentes los elementos sol y agua que sustentan la vida, como por ejemplo los diseños geométricos de formas ondulantes, llamados meandros (que simbolizaban el flujo de las aguas), tallados en un altar de la Vieja Europa alrededor del 5.000 a.C. en Hungría. Están las gigantescas cabezas pétreas de toros con enormes cuernos enroscados pintadas en los muros de los santuarios de Catal Huyuk; los puercoespines de terracota del sur de Rumania; los vasos rituales en forma e ciervo de Bulgaria; las esculturas ovaladas de piedra con cara de pez; y los vasos ceremoniales en forma de pájaro.

Hay serpientes y mariposas (símbolos de la metamorfosis), que en los tiempos históricos aún se identifican con los poderes transformadores de la Gran Madre, como en la impresión de un sello de Zakro, al este de Creta, que retrata a la Diosa con alas de mariposa. Aún en un periodo muy posterior, la doble hacha de los cretenses, reminiscencia del hacha-azadón usada para desmalezar tierras de cultivo, era la estilización de una mariposa. Al igual que la serpiente, que cambia su piel y “renace”, era parte de la epifanía de la Diosa, y también otro símbolo de sus poderes de regeneración.

Por todas partes –en murales, estatuas y estatuillas votivas- encontramos imágenes de la Diosa. En sus diversas encarnaciones como Doncella, Ancestra o Creadora, ella es la Señora de las aguas, de las aves y del mundo subterráneo, o simplemente la Madre Divina acunando a su hijo divino entre sus brazos.

Toro de Zacros, Creta

Algunas imágenes son tan realistas que casi parecen estar vivas, como la resbaladiza serpiente de un plato de principios del V milenio a.C. en un cementerio de Eslovaquia occidental. Otras son tan estilizadas que incluso se ven más abstractas que nuestro arte más “moderno”. Entre éstas hallamos los grandes y estilizados vasos o cálices sacramentales en forma de una mujer entronizada, tallada con ideogramas de la cultura Tisza de Hungría sudoriental; la Diosa con cabeza en forma de columna y brazos cruzados, de Rumania del 5.000 a.C.; y la estatuilla de mármol de la Diosa, del Tell Azmak, Bulgaria central, con brazos esquemáticos y un exagerado triángulo púbico, que data del 6.000 a.C. Otras imágenes son extrañamente hermosas, tal como un pedestal de 8.000 años con cuernos y pechos de mujer, hecho en terracota –que en algo recuerda a la clásica estatua griega llamada Victoria Alada-, y los vasos pintados de Cucuteni, con sus gráciles formas y ricos diseños geométricos en espiral, imitando serpientes. Y otras, como las cruces talladas en el ombligo o cerca de los senos de la Diosa, plantean interrogantes de gran interés sobre los significados primitivos de nuestros símbolos más importantes.

• Las Hadas

Texto de Ramona Violant i Ribera. Extracto del libro “El món màgic  de les fades”. Editorial Farell.
Las hadas de las nieves, las hadas de las aguas y las hadas de los mares son seres míticos femeninos que aparecen en casi todas las mitologías. Vinculadas estrechamente a la naturaleza, son antromorfismos de los espíritus que según las creencias animistas tenían todos los seres, tanto animados como inanimados. Según Eugen Mogk (1900: 286-287), el folklore europeo sobre las hadas recogió el corpus de creencias sobre los espíritus de las aguas, de los bosques, de los campos, de las montañas, de las rocas, de todos los elementos de la naturaleza, tan cercana al hombre en etapas históricas anteriores a la nuestra, y tan misteriosa. Con el tiempo estas creencias animistas, vigentes en toda la Europa precristiana, configuraron algunas de las figuras míticas de los panteones clásicos politeístas, pero a la vez siguieron un camino más humilde; pervivieron, mediante la tradición oral, como seres sobrenaturales, pero no divinos, que protagonizaron leyendas, rondallas, cuentos, reelaborados mil veces, a lo largo del tiempo, por la transmisión y recreación de cada narrador; y fueron, alguna vez, incluso modificados por la influencia de la literatura escrita, que desde siempre mostró interés por las formas de la literatura tradicional.

Los legendarios folclóricos europeos presentan un gran número de tradiciones y leyendas sobre las hadas, de temas bien diversos pero que ofrecen unas constantes de base que testimonian la unidad originaria de los pueblos europeos, fruto de las sucesivas migraciones de los grupos étnicos indoeuropeos. Ya sean las melusines francesas, las merrows irlandeses, las Nixe alemanes, las vila del este de Europa, las lamiak vascos, las xanas asturianas, las mozas de agua de Santander, o bien las dones d’aigua, las goges, las aloges, las encantades, las dones de fum catalanas, estos seres míticos presentan unos rasgos característicos comunes y ofrecen, en su imaginada relación con los humanos, unas constantes que encontramos, asimismo, en narraciones legendarias del folclore asiático y americano y que confieren a este temario leyendístico una categoría universal.

El rasgo más característico de estos seres míticos es la filiación naturalística, tal como se desprende de las narraciones que siempre giran alrededor de los ríos, gargantas, estanques, pozos, cuevas, rocas y, como reflejan los numerosos topónimos que en Cataluña hacen referencia a estas hadas: salto de la Dona d’Aigua, fuente de las Encantades, cueva de las Encantades, madriguera de las Goges, fuente de los Encantats, estanque de las Dones d’Aigua, entre otros.

Además de este elemento esencial se dan una serie de cualidades, de acciones, de circunstancias, de creencias que nos configuran, y casi nos hacen reales, estos fascinantes seres míticos. Son imaginados de gran belleza, con ricos vestidos ornamentados con perlas y estrellas; poseedores de grandes riquezas, especialmente de oro; se cree que habitan palacios subterráneos donde celebran comidas y fiestas con profusión de luces, de música, de danzas; se dice que tienen poderes mágicos y adivinatorios, que lavan su ropa por la noche y la extienden cerca de los ríos, que una pieza de esta colada maravillosa proporciona la fortuna, que recompensan generosamente a quien les ayude, que tienen carácter de espíritu tutelar de una familia o de una colectividad, que pueden construir grandes edificaciones, que pueden tener amores con los seres humanos e incluso pueden llegar a contraer matrimonio y a conseguir la maternidad.

Esta gran diversidad de rasgos característicos, que se superponen al tipo originario de carácter animista, es el resultado de una lenta y larga labor de transposiciones e interferencias entre elementos tipológicos provenientes de diversas culturas; Alfred Maury (1896: 11-25) considera que en la caracterización de las hadas europeas ha prevalecido el concepto mítico de diosa madre, y señala, asimismo, que el resto de rasgos específicos responden a la confluencia sobre el tipo de “hada” de determinados rasgos propios de las ninfas (relación con la naturaleza, belleza, gracia, danzas, canciones) y de las parcas (magas, adivinas, conocedoras del destino de los hombres y de la vida futura). En época más reciente, Julio Caro (1946: 182) también destaca el carácter de diosa madre en las leyendas de este tipo de seres míticos; indica, por ejemplo, que el País de Gales denominan mamsu (“madres”) a las hadas, muy probablemente por filiación con las antiguas diosas madres de los pueblos celtas.

• LA LEYENDA DE IEMANJA, 2 DE FEBRERO


Iemanjá es la diosa de las aguas saladas. Su leyenda proviene de la etnia yoruba, grupo originario del territorio de Nigeria, en el oeste africano. 
También conocida como Janaína, cruzó el Atlántico y llegó a América gracias a la piadosa intervención del fraile castellano Bartolomé de Las Casas, cuando a mediados del siglo XVI, hizo entender a sus compinches conquistadores que los indios eran gente y no animales de carga. Por lo tanto no podían ser esclavizados ni sometidos a trabajos penosos. “Si quieren esclavos, traigan negros del Africa, traigan”, sugirió el curita. Más de un español de ancha ceja negra, se rascó la mollera y masticó un “coño”. Pero al rato izaron velas y se largaron a cruzar el Atlántico una vez más.
Así, los cultos africanos llegaron a América a bordo de las naves negreras. Con el tiempo se adaptaron, crecieron y se fusionaron con la creencia importada por los europeos y convertida en predominante a fuerza de torturas y sometimiento: el catolicismo. Por eso es que la mayoría de las imágenes que estos cultos afroamericanos adoran son las mismas que se encuentran en las iglesias católicas: santos y vírgenes de piel blanca, pálidos, con todo el cuerpo oculto bajo largas ropas protectoras de la moral y las buenas costumbres. Piense el lector que la principal fuerza de Iemanjá es la maternidad.
Janaína es la matrona de las mujeres embarazadas. Tiene 15 hijos y nunca nadie dijo que los concibió con el espíritu santo. Sin embargo se la representa con un vestido largo y el aspecto de la Virgen María. Cuando en realidad debería ser una morena imponente con las tetas más generosas de los siete mares, las caderas más anchas y el aspecto más voluptuoso del océano.
La explicación a esta incoherencia es la siguiente: si bien  los esclavos africanos trajeron sus creencias, los blancos que los explotaban les prohibieron adorar a esos dioses. En cambio los obligaron, a puro latigazo, a que adorasen a la Santa María, a la Santa Rita o al San José.
Pero los negros no querían abandonar sus creencias y cambiarlas por las creencias de otro. Menos aún por las de una raza que los había secuestrado de sus tierras, los apaleaba a diario y los hacía laburar como bestias de carga a cambio de un puñado de comida sobrante. Fueron tantos los castigos que recibieron que no les quedó otra que demostrarles a sus amos que habían asimilado la nueva fe. Que ahora eran devotos del dios católico. Sin embargo lo que hicieron fue engañarlos: pusieron en sus altares imágenes católicas, se arrodillaban ante ellas, hacían la pantomima del rezo, pero por dentro, único lugar donde los negreros no podían acceder, adoraban a sus propios dioses: Oxalá, Changó, Olorúm y Jemanjá.
Así surge el umbanda en Brasil, el vudú en Haití, la santería en Cuba y las demás religiones afroamericanas, fusionadas con el catolicismo.
(Extractos de www.surfinguruguay.com)

• 22 JULIO DÍA DE MARIA MAGDALENA

Habla María Magdalena...

EXTRACTO DE LA NOVELA "EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO" DE JOSE SARAMAGO – EDITORIAL ALFAGUARA – MADRID - ISBN: 9788420484426

"De mí de mi se dice que tras la muerte de Jesús me arrepentí de lo que algunos llamaban mis infames pecados de prostituta y me convertí en penitente hasta el final de la vida, y eso no es verdad.

Me subieron desnuda a los altares, cubierta únicamente por el pelo que me llegaba hasta las rodillas, con los senos marchitos y la boca desdentada, y si es cierto que los años acabaron resecando la lisa tersura de mi piel, eso sucedió porque en este mundo nada prevalece contra el tiempo, no porque yo hubiera despreciado y ofendido el mismo cuerpo que Jesús deseó y poseyó. Quien diga de mí esas falsedades no sabe nada de amor. Dejé de ser prostituta el día que Jesús entró en mi casa trayendo una herida en el pie para que se la curase, y de esas obras humanas que llaman pecados de lujuria no tendría que arrepentirme si como prostituta mi amado me conoció y, habiendo probado mi cuerpo y sabido de qué vivía, no me dio la espalda.

Cuando delante de todos los discípulos Jesús me besaba una y muchas veces, ellos le preguntaron si me quería más a mí que a ellos, y Jesús respondió: “¿A qué se puede deber que yo no os quiera tanto como a ella?.” Ellos no supieron qué decir porque nunca serían capaces de amar a Jesús con el mismo absoluto amor con el que yo lo amaba. Después de que Lázaro muriera, la pena y la tristeza de Jesús fueron tales que, una noche, bajo las sábanas que tapaban nuestra desnudez, le dije: “No puedo alcanzarte donde estás porque te has cerrado tras una puerta que no es para fuerzas humanas”, y él dijo, sollozo y gemido de animal que se esconde para sufrir: “Aunque no puedas entrar, no te apartes de mí, tenme siempre extendida tu mano incluso cuando no puedas verme, si no lo hicieras me olvidaría de la vida, o ella me olvidará”. Y cuando, pasados algunos días, Jesús fue a reunirse con los discípulos, yo, que caminaba a su lado, le dije: “Miraré tu sombra si no quieres que te mire a ti”, y él respondió: “Quiero estar donde esté mi sombra si allí es donde están tus ojos”. Nos amábamos y nos decíamos palabras como éstas, no solo por ser bellas y verdaderas, si es posible que sean una cosa y otra al mismo tiempo, sino porque presentíamos que el tiempo de las sombras estaba llegando y era necesario que comenzásemos a acostumbrarnos, todavía juntos, a la oscuridad de la ausencia definitiva.

Vi a Jesús resucitado y en el primer momento pensé que aquel hombre era el cuidador del jardín donde se encontraba el túmulo, pero hoy sé que no lo veré nunca desde los altares donde me pusieron, por más altos que sean, por más cerca del cielo que los coloquen, por más adornados de flores y perfumados que estén. La muerte no fue lo que nos separó, nos separó para siempre jamás la eternidad. En aquel tiempo, abrazados el uno al otro, unidas nuestras bocas por el espirito y por la carne, ni Jesús era lo que de él se proclamaba, ni yo era lo que de mí se zahería. Jesús, comigo, no fue el Hijo de Dios, y yo, con él, no fui la prostituta María de Magdala, fuimos únicamente este hombre y esta mujer, ambos estremecidos de amor y a quienes el mundo rodeaba como un buitre barruntando sangre.

Algunos dijeron que Jesús había expulsado siete demonios de mis entrañas, pero tampoco eso es verdad. Lo que Jesús hizo, sí, fue despertar los siete ángeles que dormían dentro de mi alma a la espera de que él viniera a pedirme socorro: “Ayúdame”. Fueron los ángeles quienes le curaron el pie, los que me guiaron las manos temblorosas y limpiaron el pus de la herida, fueron ellos quienes me pusieron en los labios la pregunta sin la que Jesús no podría ayudarme a mí: “¿Sabes quién soy, lo que hago, de lo que vivo”, y él respondió: “Lo sé”, “No has tenido que mirar y ya lo sabes todo”, dije yo, y él respondió: “No sé nada”, y yo insistí: “Que soy prostituta”, “Eso lo se”, “Que me acuesto con hombres por dinero”, “Sí”, “Entonces lo sabes todo de mí” y él, con voz tranquila, como la lisa superficie de un lago murmurando, dijo: “Sé eso solo”.

Entonces yo todavía ignoraba que era él era el hijo de Dios, ni siquiera imaginaba que Dios quisiese tener un hijo, pero, en ese instante, con la luz deslumbrante del entendimiento, percibí en mi espíritu que solamente un verdadero Hijo del Hombre podría haber pronunciado esas tres simples palabras: “Sé eso solo”. Nos quedamos mirándonos el uno al otro, ni nos dimos cuenta de que los ángeles se habían retirado ya, y a partir de esa hora, en la palabra y en el silencio, en la noche y en el día, con el sol y con la luna, en la presencia y en la ausencia, comencé a decirle a Jesús quien era yo, y todavía me faltaba mucho para llegar al fondo de mí misma cuando lo mataron. Soy María de Magdala y amé. No hay nada más que decir."

. María Magdalena, pionera de la igualdad, de Juan Jose Tamayo

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• LA DIOSA AMATERASU

ENVIADO POR TINA RODERO

Un día el sol quiso crear un pueblo que fuera superior a los demás para que habitara las islas de Japón. Tomando uno de los propios rayos de sol formó una mujer: AMATERASU: DIOSA DE LA LUZ. El sol le dio el poder de ser diosa y madre de este nuevo pueblo. Para que no se sintiera sola crearon otro cortejo de dioses: la diosa AMENO-UZUME (diosa de la alegría), SUSANO (dios de la fuerza), la diosa AMENOMOTO…

El pueblo creado se fue extendiendo por las islas y era un pueblo que adoraba cada mañana la salida del sol: el culto al sol naciente del sintoísmo.

La diosa Amaterasu demostraba su belleza y potencial, irradiaba su luz y su vida al pueblo de Japón y su hermano Susano, dios de la fuerza y la tormenta, era invocado para movilizar las energías que se quedan estancadas. Se le conocía como el varón impetuoso, pues le gustaba moverse rápidamente y al hacerlo creaba el caos y ruido por donde pasaba.

Un día Susano decidió visitar a su hermana y tenía mucha prisa por llegar, a su paso asustaba a todos los seres vivos, que se escondían, provocaba relámpagos, truenos y tormentas.

La propia Amaterasu salió a recibirle con un arco, tomando así precauciones.

A su hermano le molestó que su hermana desconfiara de él, aún así la saludó cortésmente. Le propuso que crearan juntos a los dioses que en el futuro tendrían que gobernar la tierra. Amaterasu lo aceptó, cogió la espada de su hermano, la rompió en tres pedazos y durante varios días y varias noches estuvo masticando los trozos de la espada. Al cabo de varios días salieron tres dioses, exhalando de su boca la niebla.

Susano le pidió a su hermana un collar de cinco joyas y, después de masticarlas, exhaló una ligera niebla y surgieron de ella cinco dioses que superaban en fuerza a Susano. Él se jactó de su poder por haber creado a estos cinco dioses, pero ella dijo que habían salido de sus joyas. Él se enfadó muchisimo y lanzó su ira contra los campos de arroz y depositó fango y excrementos en sus templos. Él estaba atacando a todo cuanto la diosa había creado.

Aún así la diosa Amaterasu se compadeció de él, pues pensaba que su ira reflejaba su angustia interna. Esto consiguió que Susano se enfadara aún más, entonces mató y descuartizó un caballo (símbolo de la energía femenina) y lo arrojó al centro de una sala donde la diosa estaba tejiendo en un círculo de mujeres. Una de las mujeres se pinchó con una aguja con la que tejía y cayó muerta.

Amaterasu se sintió culpable, pues pensó que no había sido capaz de ver la situación con la claridad suficiente y demostrarle amor a Susano para que él no actuara así. Comienzó a sentir que su luz había quedado amortiguada y decidió apartarse del mundo en una gruta cuya entrada cubrió con una piedra.

Al quedar encerrada todo el mundo se sumió en la oscuridad. Transcurrió mucho tiempo y las islas de Japón se sumieron en total oscuridad. También se oscurecieron las almas de sus habitantes, pues estaban tristes y no sabían qué hacer.

El cortejo de Amaterasu pensó en una estratagema para hacerla salir de la cueva. Se internaron en el bosque hasta la gruta y juntaron varios ruiseñores para cantar al amanecer y colocaron un espejo a la entrada de la cueva. La diosa Amenozume( de la alegría) comenzó a bailar al ritmo de los pájaros. Los dioses y todo el cortejo que estaba en los bosques se quedaron admirados ante la hermosura del baile.

Entonces Amaterasu sintió deseos de saber qué pasaba y se fue acercando a la entrada de la gruta y, para ver mejor qué sucedía, corrió la piedra. Entonces uno de los dioses la retiró por completo. Al quedar libre la entrada se encontró con el espejo y su reflejo y se quedó maravillada de su propia luz, pues no la recordaba, fue en ese momento cuando se dio cuenta de que debía volver a su reino y no dejarse paralizar más.

El rey Susano pasó a reinar en los mares. La felicidad volvió a reinar para todos en las islas de Japón.

El nieto de Amaterasu, Jinmotenno ocupó el trono imperial y fue el primer Emperador de Japón. Como atributo de su realeza la diosa le entregó el espejo donde se miró al salir de la gruta, también le entregó la espada de Susano, con la que Susano mató después al dragón de ocho cabezas. Desde entonces estos objetos han sido conservados por los emperadores de Japón.

El espejo es el símbolo principal de la diosa. Simboliza el disco solar. Su superficie pura y limpia simboliza la presencia de Dios. Es como si en este espejo estuviese el centro del universo, lo refleja todo y todo se refleja en él. Es la fuente de la vida, de donde surge el elixir de la inmortalidad. Pone en contacto el cielo con la tierra.

El espejo divino está encerrado en un cofre y está oculto a la mirada de los hombres, guardado en el santuario de Ise, que es el centro espiritual de la diosa. El mensaje espiritual del espejo es que se encuentra en el interior de los hombres, que hay que descubrirlo y que cuando lo encontremos nos reflejaremos en él descubriendo nuestra esencia. Descubriremos que somos seres de luz y esto nos cambiará por completo.

El collar de la diosa, compuesto por pequeños cristales de cuarzo, representa el elixir de la inmortalidad. Los cuarzos son los tesoros que el cielo ha depositado en la tierra.

Con la espada de luz Susano mata al dragón eliminando lo que no es necesario.

Cuando Amaterasu crea a los dioses de la espada toma ese elemento masculino para realizar su creación, y al revés Susano crea a los dioses con las joyas. Así confluyen ambas energías masculina y femenina.

FUENTES: Internet y apuntes de curso con Helena Bejarano.

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