• Puellae doctae: cuando a las mujeres se les permitió ser eruditas en el siglo XVI

Por Ana Bulnes - www.yorokobu.es
La primera mujer matriculada en una universidad española fue María Elena Maseras en 1876. Antes, si querías ir a la universidad, tenías que recurrir a trucos como vestirte de hombre, como hizo Concepción Arenal entre 1841 y 1846. Esto es por lo menos lo que dicen los libros de historia, olvidando que tres siglos antes hubo un grupo de pioneras que se convirtieron en una fascinante excepción: no solo estudiaron en la universidad, sino que algunas fueron incluso profesoras en ella. Formaban parte de las llamadas Puellae Doctae.
Entremos en contexto: estamos entre finales del siglo XV y en pleno XVI. Los ideales del Renacimiento y el Humanismo han llegado a España: se da importancia a la formación, al individuo, las lenguas clásicas están de moda y las universidades empiezan a brotar como setas por toda la península.
En las familias aristocráticas y pertenecientes a círculos intelectuales se daba mucha importancia a la educación de los hijos en los saberes humanistas. Y no dejaban fuera a las hijas: así, de pronto, apareció una generación (muy pequeña, hablamos de una minoría privilegiada) de jóvenes mujeres expertas en cultura clásica, en filosofía, en latín, griego, hebreo y otras lenguas.
Lo único que no se les enseñaba –aunque hubo excepciones– era retórica, porque se consideraba que era lo que daba acceso al poder y, bueno, parecían pensar que tampoco había que pasarse con lo de la igualdad, que al fin y al cabo acababan de salir de la Edad Media.

El papel de las cortes
Estas Puellae Doctae(significa Niñas Sabias), de buena familia y bien conectadas, veían además todos sus esfuerzos de estudios recompensados por un ambiente propicio también presente en las cortes, en las que coincidieron mujeres que impulsaban ese modelo. El mejor ejemplo es el de Isabel la Católica, quien, siempre muy preocupada por su propia falta de educación, no quiso que sus hijas tuviesen el mismo problema. Para ello, llamó a varias de estas mujeres para instruirlas tanto a ella como a su prole en todo el saber clásico.
CATALINA DE ARAGÓN
Esto dio como resultado que, por ejemplo, Catalina de Aragón, hija menor de Isabel y Fernando y futura primera mujer de Enrique VIII de Inglaterra, hablase castellano, latín (ambos los escribía también), griego y francés y, posiblemente, aprendiera también inglés más adelante. Había estudiado también Derecho, Filosofía, Literatura Clásica, Aritmética, Heráldica…
En Portugal, en la corte de Lisboa, pasó algo similar unos años después, en la época de la infanta María de Portugal (1521-1577). Ella misma, de quien se decía que tenía un talento especial para las lenguas, había sido educada en ese ideal, y de mayor se rodeó también de mujeres eruditas, como cuenta Cristina Borreguero en su artículo Puellae doctae en las cortes peninsulares, y aprovechó su fortuna para proteger las artes.

Beatriz Galindo para Isabel I, Luisa de Sigea para María de Portugal
Pero ¿quiénes fueron ellas?, ¿qué sabemos? Desgraciadamente y, salvo algunas excepciones, sabemos muy poco. Tenemos sus nombres y podemos seguir un poco sus pasos a través de referencias sobre todo de cartas, pero casi nunca son ellas las firmantes, ya que se conserva muy poco de su propia producción pese a que claro que escribieron, y mucho.
Una de las mujeres más importantes del grupo fue Beatriz Galindo (1465-1535), cuyo dominio del latín hablado y escrito ya a los 15 años le valió el sobrenombre de «la Latina». Todo parecía indicar que iba a acabar siendo monja, pero poco antes de entrar en el convento fue llamada por Isabel I para unirse a la corte: ella fue una de las educadoras de las infantas y, además, tenía bastante influencia sobre la reina, que valoraba mucho sus consejos.
LUISA DE SIGEA
Más adelante fundó, entre otras cosas, el Hospital de la Concepción de Nuestra Señora, conocido como Hospital de la Latina y, sí, posiblemente es la responsable del nombre del barrio madrileño.
Su equivalente en la corte de Lisboa, más literaria (la corte) que lingüística, fue Luisa de Sigea. Nacida en 1522, su dominio de las lenguas era impresionante se mire por donde se mire: francés, portugués, español, italiano, latín, griego, hebreo, árabe y siríaco. Además, sabía de Historia, Filosofía y Poesía y tuvo una producción literaria, con poemas en castellano y latín bastante importante, especialmente teniendo en cuenta que no llegó a cumplir los 40 años.

Las universitarias
Pero no todas crecieron de la mano de la realeza. Están también las que pisaron las universidades y llegaron en ellas a puestos en los que incluso ahora las mujeres son minoría. El caso más conocido es el de Luisa de Medrano, nacida en 1484, sobre la que hay bastante consenso a la hora de reconocerla como la primera profesora universitaria en el mundo hispánico, que llegó incluso a ser catedrática de Latín en la Universidad de Salamanca a los 24 años en 1508, sucediendo a Antonio de Nebrija.
Y, hablando de Nebrija, autor de la primera gramática del español, su hija Francisca no solo ayudó a su padre en la investigación y elaboración del famoso texto, sino que también ocupó la cátedra de Retórica (y he aquí una de las excepciones sobre este tema) en Alcalá de Henares, que el humanista dejó libre tras su muerte.
También en la universidad estudió Juana de Contreras, quien en 1504 mantuvo un debate que parece casi actual en unas cartas con su maestro Lucio Marineo Sículo: Juana quería referirse a sí misma como heroína en un texto y usar la forma latina heroina (primera declinación y forma que no existía en el latín clásico) y no herois, que Lucio insistía en que era lo correcto para referirse a ambos sexos.
Además, claro, al maestro le molestaba incluso más el empeño de Contreras en querer usar para sí ese sustantivo, dejándose llevar por la ambición en vez de por las virtudes “propias” de su sexo.

La querella de las mujeres y el protofeminismo
Parece que Lucio Marineo Sículo tenía claro dónde se situaba en la llamada querella de las mujeres, un debate filosófico y político que empezó en el siglo XIV y se alargó hasta bien entrado el XVIII, sobre si las mujeres eran inferiores a los hombres por naturaleza.
Si bien él era en realidad algo avanzado para la época (tenía a una alumna de latín y reconocía que era buena, y hay cartas en las que se deshace en elogios hablando de otras Puellae Doctae) sabía cuál era el lugar natural que debían ocupar las mujeres: el de musas (inspiradoras de héroes), no el de heroínas.
En este debate participaron también algunas de la Puellae Doctae. Teresa de Cartagena, por ejemplo, religiosa del siglo XV que también estuvo en la corte de Isabel la Católica, escribió el que podría ser el primer texto feminista escrito por una española: lo hizo cuando se enteró de que mucha gente ponía en duda que fuese ella quien había escrito el tratado místico Arboleda de los enfermos (que era demasiado bueno para que lo hubiese escrito una mujer). En su respuesta, Admiración de las obras de Dios, defendía el nivel intelectual de las mujeres.
Las Puellae Doctae, que no eran algo exclusivo de la península, desaparecieron por aquí cuando dejó de estar de moda tanto pensar y tanto humanismo (aunque siguió habiendo afortunadas excepciones, como Oliva de Sabuco).
Fueron víctimas colaterales de la Contrarreforma, que acabó con ese ambiente propicio para lo intelectual, lo científico y esos primeros tímidos intentos de defender que, a lo mejor, las mujeres (de buena familia) podían dedicarse a algo que no fuese ser un bonito adorno que además produce bebés.
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Bibliografía:

• Curioso hallazgo: Mi madre es… ¡una persona!

Por Virginia Gawel - www.centrotranspersonal.com.ar
Cuando llegamos a comprender eso, somos como una fruta madura de tanto sol, tanta lluvia, tanto frío, tanta intemperie. Cuando tu madre es “tu madre” con frecuencia esta se desdibuja; al hacer su retrato dentro tuyo hay cosas que no coinciden: “Una madre debería tener otra mirada”; “Una madre debería abrazar más seguido (o con menor frecuencia, o hacer más de esto y mucho menos de aquello…)”. Tenemos un mapa de cómo debería ser “una madre” (ese ser puro, abnegado, sacrosanto, inmolado, que aparece en la literatura, las canciones, las publicidades: arquetípicamente perfecto).
Pero un día nos damos cuenta (no porque nadie nos lo diga, sino porque las grandes revelaciones implican el corrimiento del hábito de ver las cosas como siempre las vemos). Un día nos enteramos de que nuestra madre no es un arquetipo, no es una idea: ES UNA PERSONA. Ni más, ni menos. Advertimos, por ejemplo, que cuando nosotras teníamos diez años (por decir una edad) ella quizás tenía 35, con el mismo desconocimiento de la vida que nosotras teníamos o tenemos a esa edad. No: ella no lo sabía todo. No: no era que ella no necesitara nada porque era madre. No: no había nacido solamente para tenerme a mí. No: no tenía la llave de la vida y me retaceaba, quizás, la gloria porque no era una niña lo suficientemente buena. Sí: tenía miedo, presiones que ignoramos, anhelos que nunca dijo, limitaciones que quizás después fue superando.
Cuando esta revelación acontece (¡”Mi madre es una persona!”), con frecuencia miramos esos ojos y vemos que detrás de ellos hay, ni más ni menos, una porción de la Vida, que, -por esta vez-, vino a cumplir, entre muchas otras facetas de su destino, la tarea de ser nuestra madre; como quienes, antes de una obra de teatro, se reparten los roles del libreto. “Para esta función yo haré de hijo, y ella hará de madre; pero ambos seremos solamente seres, vestidos con esos ropajes provisorios.”
Cuando un hijo madura va generando estos efectos con su ampliación de conciencia:
- Le otorga a su madre el derecho a haberse equivocado. Esto no quiere decir que ni lo mencione: con frecuencia lo mejor será hablar del pasado, repensándolo como dos seres que quizás vinieron a este mundo para ayudarse a evolucionar dese estos provisorios roles. Pero si eso no es posible, la hija “amasará” las harinas de lo que fue, -no de lo que “debería haber sido”-, para ver qué buen pan puede hornear en el ahora.
- Una empieza a ver a su madre tal como es. Y quizás pueda amarla por primera vez en la vida tal como es. No como no fue. No como hubiésemos querido que fuese. Sin idealizaciones, sin proyecciones. Como es. Y experimenta el alivio de no tener que endiosarla ni defenestrarla, sino simplemente mirarla apreciativamente como persona, en todo lo que de ella se pueda apreciar.
- Deja de esperar. Sí: hay cierto tipo de hija que pierde en tren de la vida por seguir esperando que su madre le dé lo que nunca le dio, finalmente sea como nunca fue, le reconozca lo que no le reconoció, lo elija con la exclusividad con que siente que no lo eligió. Admitir lo que no es, admitir lo que es, será parte de la nueva madurez. Y a partir de ello uno simplemente hace esto: da vuelta la hoja, y sigue la vida. Deja de ser una niña mendicante o demandante. Y en ese punto observa cuánto elige a esa persona que, para este viaje, es su madre. Ésa: no la que “debería haber sido”. Ésa: no la idealizada (porque cuando idealizamos a alguien no le damos permiso a ser una persona real, con necesidades, impedimentos, rasgos no crecidos, y también maravillas, en este caso, ajenas al rol de madre).
- Deja, por ende, de reclamarle a otros lo que siente que su madre no le dio: ni la vida, ni la pareja, ni la amistad ni nuestros propios hijos fueron inventados para resarcirnos de lo que sentimos no haber recibido en la infancia. “Madre hay una sola” podría significar que no corresponde reclamarle a nadie más lo que no pude recibir de ella, ni lo hermoso que ella sí me daba pero que no encuentro luego en los demás.
Es cierto: hay madres tóxicas de las cuales es necesario tomar la necesaria distancia para que no nos enfermen la vida. Pero no son la mayoría, no: con mucha frecuencia lo que evaluamos como “madre tóxica” es solamente una persona que no pudo ser como hubiéramos querido (quizás, inclusive, como hubiéramos legítimamente necesitado). Descubrirla así, como una persona, nos pone ante la posibilidad de establecer una amnistía (porque quizás nosotros tampoco podemos ser la persona que quisiéramos). Y ver lo que sí es: esa persona. “Desmadrarla” sin haber trabajado el vínculo lo suficiente puede tener costos más altos de los que imaginamos.
Si aún está viva, tratad de investigar, -ya de persona a persona-, cuál es el vínculo posible con ese Ser: el mejor que podamos tejer si dejamos de ejercer el rol de una niña reclamante. Si ya no está, poder revisar por dentro cómo debe haberle resultado ser ese Ser que fue. Sin idealizaciones. Sin proyecciones. Vehículo para que seamos; instrumento de la Vida para que descubramos una parte de nuestra identidad gracias a sus cuidados y a sus descuidos.
Y si aún está en esta vida, recordar que ella transita, -como todos- esa misma situación que el poeta Goytisolo le describió a su hija Julia cuando los consejos se le acabaron: “No sé decirte nada más, pero tú debes comprender/ que aún estoy en el camino… en el camino…”.
Ese incompleto ser llamado “madre”. Que es, primero una persona: un otro que necesitamos ver, quizás, con nuevos ojos. Una, y otra, y otra vez…

• La importancia del cabello largo en las culturas indígenas americanas

Por Paola Klug. www.ciberandes-magazin.com
El cabello es la manifestación física de nuestros pensamientos y una extensión de nosotros mismos; lo mismo sucede con los pensamientos de la madre Tierra, podemos ver el constante crecimiento de su cabello de hierba; mismos que desde tiempos ancestrales fueron usados por los pueblos indígenas con fines medicinales y rituales. Ellos han usado el cabello de la tierra en sus ceremonias con fines de curación física y espiritual o en rituales que ellos consideraban sagrados.
Nuestro cabello es la extensión física de nuestros pensamientos, nos brinda la dirección a lo largo de nuestra vida; cada uno de nuestros cabellos nos representa a nosotros mismos, son puntos de conexión fuertes tanto de nuestro cuerpo como de nuestro espíritu según los pueblos indígenas. En todos los pueblos de la tierra existen cuentos o leyendas en donde el cabello juega un papel crucial en el destino de los protagonistas, por ejemplo, aquellas historias que cuentan sobre los hechiceros o brujas que emplean el cabello de una persona para causarle daño, aunque no es el cabello en sí lo que usan para ese propósito sino las emociones que lleva dentro.
En muchos países del mundo los hombres y mujeres de sabiduría han llevado el cabello largo; en cambio en los lugares donde se ha presentado la tiranía en cualquiera de sus formas el cabello corto ha sido obligatorio y éste, junto a otros factores ha culminado con la derrota espiritual y física de los pueblos.
El cabello tiene su propio lenguaje y carácter, y la forma en que sea peinado es sumamente importante para quién lo porte:
La raya en medio representa la alineación del pensamiento, la trenza la unidad del pensamiento con el corazón, el cabello suelto significa seguridad y el cabello recogido convicción; aunque actualmente las personas se peinan sin conocer el significado de sus acciones el estilo en que se use el cabello es importante pues haciendo a un lado la vanidad o practicidad, la forma en que uno lleve el cabello repercutirá directamente sobre nuestro estado de ánimo.
Para la comunidad africana la forma de llevar el cabello representaba muchas otras cosas: El peinado en forma de trenza se hacía de forma que sirviera como mapa, tenía unas pautas que ayudaba a marcar caminos. Por ejemplo, en Cartagena de Indias, cuando escaparon los esclavos y crearon el Palenque, conocido ahora como San Basilio de Palenque, las mujeres usaban los peinados para realizar mapas y recordar los caminos sin que el esclavizador se enterara o los pudiera entender. Como las mujeres y las niñas no estaban tan controladas, podían seguir el camino en ocasiones a escondidas de sus “amos”. También se utilizaban las trenzas para guardar los granos de maíz de las explotaciones, así nadie las vería y ellas podrían sacarlo de las plantaciones y poder cultivarlo para ellas.
Por estos motivos el peinado en trenza es algo más que comodidad o estética, sino que tiene una fuerte simbología en cuanto a la identidad afro. Adentrándonos al pensamiento de los pueblos indígenas encontraremos que la forma de llevar peinado el cabello era de suma importancia pues de esta manera se describía y anunciaba su participación en diversos eventos: matrimonio o guerra, alegría o duelo. A través del cabello y los tocados que se llevaba sobre él se podía saber la madurez de las personas, su estatus en la sociedad o los tiempos de paz y guerra.
Los peinados eran como las estaciones; cambiaban en ocasiones públicas, privadas y ceremoniales. El cabello representaba los pensamientos y el estado espiritual del individuo; mostrando los vínculos y la unidad espiritual de su familia y definiendo la armonía cultural y el alineamiento espiritual de su comunidad. El cabello representaba los estados de la naturaleza, fluían en línea recta como las cascadas o eran ondulados como el agua del río. A los niños indígenas se les enseñaba a lavar y enjuagar el cabello. El cuidado de sus cabellos era tan importante como el mantenimiento de su salud física y espiritual; también se les enseñaba a crear los peinados rituales usando madera, huesos, plumas o piedras como tocados.
Las mujeres indígenas de los pueblos nativos del norte del continente usaban como peine uno de los huesos de la cola del puerco espín colocándolo sobre un mango de madera y sujetándolo con pequeñas tiras de piel trenzadas. Ellas creían que al peinarse el cabello todos los días le daban fluidez a sus emociones y pensamientos.
El cabello que se caía o quedaba acumulado en los peines era recogido y mantenido en una bolsa; al llegar la luna llena las mujeres se reunían en una ceremonia y ofrecían el registro de sus sentimientos e ideas acumuladas en el cabello caído a los espíritus del fuego, tierra y aire para que fueran bendecidos; posteriormente las ofrendas de cabello eran colocadas en el fuego sagrado y los pensamientos y emociones de cada una de ellas se elevaban junto a sus oraciones a través del humo y el viento hasta llegar a la luna.
Para los pueblos indígenas el cortar el cabello no solo representaba el corte de la corriente de su pensamiento sino en algunos casos una deshonra. Un guerrero con el cabello cortado en la batalla no tendría lugar en el seno de sus ancestros pues no tenía alma, ni recuerdos ni corazón. Automáticamente se convertiría en un espíritu gris atrapado entre los mundos. En las enseñanzas de muchas tribus indígenas el cortar el cabello representaba un proceso de duelo o la proximidad con la muerte. El cabello era un elemento místico en todas ellas. No permitían que nadie tocara su cabello sin su permiso.
Entre el pueblo mexica algunas mujeres llevaban rapado el medio de la cabeza, otras lo llevaban trenzado y peinado hacia arriba, mientras las puntas de sus trenzas semejaban pequeños cuernos que sobresalían de sus frentes, solo las prostitutas lo llevaban suelto, y usaban lodo y xiuhquílitlpara oscurecerlo. A excepción de ellas y en distintos pueblos indígenas de México el color y número de listones que usaban en sus trenzas representaban la soltería o el matrimonio.
Los hombres sin embargo y dependiendo de su edad y profesión podían llevarlo de distintas formas: Los hombres que no servían en la guerra llevaban los cabellos largos al hombro con un fleco al frente, los guerreros -dependiendo de su grado- llevaban un arreglo distintivo a forma de tocado. Desde que nacían hasta los ocho o nueve años llevaban el cabello corto, al cumplir los diez se les dejaba crecer un mechón de pelo en la nuca llamada mocuexpaltia.
Llegando a la adolescencia su cabellera ya era larga y si a esta edad eran capaces de capturar a un enemigo, ya sea solos o con la compañía de alguien se les cortaba ese mechón como símbolo de su logro. Pero se le dejaba crecer un mechón sobre la sien derecha que con el tiempo cubría la oreja. Dependiendo del número de cautivos que hacían se les recompensaba con diferentes adornos que demostraban su poder y valentía.
Como podemos ver, el cabello era de suma importancia para los pueblos indígenas por muchas razones y aunque en la actualidad tales prácticas han desaparecido casi por completo nunca es demasiado tarde para re-aprender y re-aprehender todo aquello que nuestros ancestros nos han enseñado.

• Crianza: Yo soy el adulto

Yo soy el adulto.
Yo pongo los límites, pero no por capricho. Ser caprichoso no es de adultos. Yo pongo los límites por salud, por seguridad y por respeto, a ti, a mí, y a los que nos rodean. 
Yo soy el adulto.
Yo respeto tus límites, los que te incumben a ti y a tu cuerpo. Excepto en situaciones de emergencia, de seguridad o de salud, tu cuerpo es tuyo y nadie tiene derecho a exigirte nada. Respeto tus límites para que puedas aprender a respetar los límites de los demás.
Yo soy el adulto.
Yo soy quien te cuida y quien es responsable de tu bienestar. También soy responsable de mi propio bienestar. Haré todo lo posible por cubrir tus necesidades sin descuidar por completo las mías. Me esforzaré en buscar el equilibrio entre ellas. Descubriré qué cosas necesito para recargar mi energía y buscaré la manera de incluirlas en mi día a día. Lo haré para poder ofrecerte la mejor versión de mí, la versión de mí que te mereces.
Yo soy el adulto.
Yo controlo mis emociones y aprendo a expresarlas sin hacerte daño. Si me desbordo, me alejo, respiro, me enfrío, y vuelvo cuando haya recuperado el control. Controlo mis emociones para que puedas aprender a controlar las tuyas.
Yo soy el adulto.
Yo no pego, ni grito, ni amenazo, ni insulto. Especialmente no lo hago a alguien que me quiere, que me necesita y que se mira en mí para saber lo que significa ser adulto. Yo arreglo mis conflictos hablando, o poniendo distancia, o pidiendo ayuda, para que tú puedas aprender a hacer lo mismo con los tuyos.
Yo soy el adulto.
Yo me disculpo cuando hago algo que no es propio del adulto que soy. Rectifico, pido perdón, e intento reparar el daño que haya podido hacer. Verme pedir perdón de corazón cuando hago algo mal, te ayudará a entender que no hay nada vergonzoso en reconocer un error, que todos nos equivocamos y que la disculpa es el primer paso para ser mejor persona y más adulto. 
Yo soy el adulto.
Yo tengo paciencia cuando tienes problemas respetando mis límites, o los de tus amigos; cuando pierdes el control de tus emociones, cuando gritas, o pegas, o empujas. Te hago saber que no está bien, y hago lo necesario para ayudarte, pero lo hago sin herirte, sin humillarte, sin castigarte, desde el amor, desde la comprensión, desde el entendimiento de que estás aprendiendo y de q
ue tú aún eres una criatura y que el adulto soy yo.

Yo aborté en Argentina

por Marianna García Legar
Dedico este texto a todas las mujeres de mi linaje 
que murieron a consecuencia de un aborto.
Yo tenía 17 años cuando aborté en Argentina. Me quedé embarazada porque, al estar en el segundo día de la menstruación, no me puse el diafragma. No imaginaba que era posible quedarse embarazada durante la regla, pero luego supe que era muy frecuente y les pasaba a muchas chicas.
Yo no quería tener una criatura a esa edad. Mi novio de 19 años tampoco, aunque hubiera respetado y apoyado mi decisión si yo hubiera querido tenerlo. Pero yo no quería, bajo ningún concepto. En la ingenuidad de mi juventud no me daba miedo abortar, estaba tan convencida de lo que quería hacer que nada me lo hubiera impedido, a pesar de que en esa época el aborto era ilegal no sólo en Argentina, sino en casi todo el planeta.
Busqué alguien que hiciera abortos. Alguien que conociera a alguien que conociera a alguien que hubiera abortado y sobrevivido…Así funcionan estas cosas y, en general, acabas en manos de gente de la que, en realidad, no sabes casi nada. Pero como el tiempo corre y cuanto más avance el embarazo peor es la cosa, eliges sin saber muy bien a quien estás eligiendo. Por lo menos me dijeron que no hacían el aborto insertando una aguja de tejer en el orificio del cuello del útero, algo muy frecuente que causa perforaciones de útero, infecciones y muertes. No hubo más explicaciones.
No realizaron ninguna cita previa, nadie me revisó antes de operarme, ni me encargó análisis de ningún tipo. Concerté la hora por teléfono, y esos fueron todos los preliminares; me vieron por primera vez para realizarme el aborto. 
El día del aborto me acompañaron mi novio y mi madre. El lugar quedaba por Floresta, una típica casa porteña de barrio, de esas que tienen un patio al que dan todas las habitaciones. La habitación era un cuarto con dos mesas, una de las cuales hacía las veces de camilla. Entré, me tumbaron sobre la mesa y me durmieron con una inyección, nunca supimos qué me pusieron para hacerlo. Según me contaron mi madre y mi novio –que me esperaban fuera–en cuanto me durmieron yo comencé a gritar que no quería que me operaran. El tipo que me intervenía y la mujer que lo ayudaba me ataron a la mesa, cerraron la puerta con llave para que mi familia no pudiera entrar y me hicieron el aborto. Me dijeron que yo grité todo el tiempo como una loca que me dolía, aunque luego no recordaba nada. 
Al acabar, me desperté llorando entre vómitos que duraron mucho rato. Lo primero que vi al despertar fue un bote de insecticida para cucarachas, que estaba en la misma mesa sobre la que me habían intervenido. Luego nos mandaron a casa sin concertar ninguna cita posterior para revisarme y ver cómo estaba. Tampoco me recetaron antibióticos. Afortunadamente no hubo complicaciones y sobreviví sin secuelas.
Mucha gente cree que las únicas que reclamamos el derecho al aborto en Argentina somos las mujeres feministas, pero, aunque sean ellas las que están dando la cara en primera fila, en realidad están allí representando a todas las mujeres. El aborto no es algo “nuevo”, ni un invento feminista producto de esta época. Se calcula que a mediados del siglo XIX aproximadamente la mitad de los embarazos eran abortados, ya que el aborto siempre ha existido, a pesar de que cuanto más nos remontamos al pasado, más peligroso era. 
En todas las familias ha habido muchas muertes por abortos. Todos los linajes tienen una larga y silenciada lista de mujeres muertas a consecuencia de un aborto que fueron y son consideradas una deshonra, cuando en realidad lo que son es una vergüenza para la sociedad en la que han ocurrido. En mi familia materna, una tía abuela mía murió a consecuencia de un aborto mal realizado. La pobre tenía ya 5 hijos y no quería más, pero su marido no paraba de embarazarla. Aunque en mi familia siempre se dijo que había muerto de peritonitis, mi madre me contó la verdad. Por todas ellas, por todas nuestras parientas muertas en abortos y nunca reivindicadas, estamos luchando para lograr en Argentina un aborto libre, legal, gratuito y digno. Parte de nuestra batalla debería pasar por conocer y honrar en nuestras familias sus nombres, y quizá deberíamos salir la calle con esos nombres escritos en nuestras pancartas. Ya es hora de reivindicar a las mujeres de nuestras familias que murieron abortando y sacarlas del silencio con el que fueron enterradas.
Además, muchas de nuestras madres, abuelas y tías también son supervivientes del aborto, pero lo ocultan considerándolo una mancha horrible. Estos abortos, al estar escondidos y considerarse una infamia, afectan inconscientemente a nuestros linajes e influyen sobre nuestras vidas de un modo profundo e ignorado. Yo sé que mi madre y mis abuelas abortaron, ya que mi madre me lo contó. Quizá ya también sea hora de comenzar a preguntar a las mujeres de nuestras familias si ellas también han abortado, devolviendo esa realidad a la luz y ayudándolas a sanar estas supuestas deshonras que, en realidad, sólo son dolorosas heridas femeninas.
Si las mujeres que hemos abortado estuviéramos dispuestas a relatar nuestras experiencias, si pudiéramos dejar de lado la vergüenza y fuéramos conscientes de lo sanador que puede resultar hablar de esto, comenzaríamos a cambiar el paisaje del mundo interno femenino. La idea de que la principal función de la mujer es tener hijos está profundamente arraigada en nuestro inconsciente, ya que es la base sobre la cual se construyó el patriarcado. Cuando decidimos abortar, cuando nos elegimos a nosotras mismas antes que a la criatura que llevamos en nuestras entrañas, 4000 años de ideología patriarcal religiosa e institucional se levantan contra nosotras en nuestro interior, por no mencionar lo que ocurre a nivel social. 
Sin embargo, también es importante recalcar que estas experiencias sólo deben ser compartidas en espacios seguros, donde sepamos que no seremos juzgadas. No se trata de exponernos inútilmente ni de hacer de heroínas, ya que no tenemos por qué demostrar nada. Por ello sólo debemos compartir estas vivencias donde sepamos que podremos hablar con tranquilidad, ya que seremos escuchadas con empatía y cariño, sin que nadie nos“envíe a la hoguera”, nos llame asesinas, o divulgue esta información donde no corresponde, sólo para hacernos daño. Este es un tema que levanta muchísimas ampollas y no debemos correr riesgos innecesarios. 
Otro estigma que se arrastra es el de los abortos repetidos. Muchísimas mujeres han abortado varias veces. Esto se vive como una de las mayores vergüenzas que podemos experimentar y de la que nunca se habla, ni siquiera en confianza. Ya es hora de abrir también esas puertas y sacar a la luz esos hechos. 
A veces la mujer queda embarazada porque está con un hombre maltratador, que no acepta usar métodos anticonceptivos (y ya es hora de que seamos conscientes de que cuando un hombre se niega a usar métodos anticonceptivos nos está maltratando). Pero también esto puede suceder porque la mujer ha hecho de su relación con los hombres una forma de abuso contra su propio cuerpo y su propia fecundidad, lo cual suele generar un inmenso odio hacia una misma. Quizá deberíamos comenzar a preguntarnos porque algunas mujeres imitamos la deplorable costumbre, tan extendida entre muchos hombres, de tener relaciones sexuales sin tomar medidas anticonceptivas. Quizá deberíamos preguntarnos porque no nos negamos a tener relaciones sexuales con esos hombres, o porque aceptamos ser penetradas en esas circunstancias, exponiéndonos una y otra vez a la hiper fecundidad masculina. Quizá deberíamos investigar qué se esconde bajo ese comportamiento autodestructivo, ya que somos nosotras las que, luego, pagaremos las consecuencias teniendo que someternos a una intervención invasora e ilegal y al trauma emocional que comporta. 
Ni yo ni nadie se enorgullece ni se siente feliz de haber abortado, aunque una siga adelante con su vida con un cierto alivio por no haber tenido ese bebé. Pero cuando pasan los años ves con más claridad cuánto y cómo te ha herido abortar, así como la culpa que guardas encapsulada en tu interior por no haberle permitido vivir a tu criatura. Pero, en la mayoría de los casos, ni aun así te arrepientes de haberlo hecho. 
Sin embargo, todo en nuestra vida cambia a partir de un aborto, porque la maternidad no puede ser deshecha y deja huellas en el alma, marcas que es necesario reconocer y honrar. Por ello cada criatura no nacida debe ser acogida en nuestro linaje, ya que todas ellas forman parte del mismo. Asimismo, el trauma tiene que emerger a la consciencia para ser sanado, de modo que la mujer pueda continuar su camino sin hacerse daño a sí misma por la culpa inconsciente. 
Mientras en un país el aborto no esté legalizado, las clínicas donde abortan las mujeres adineradas seguirán en manos de mafias organizadas que sobornan con dinero a la policía y al estado para poder hacer ese trabajo. Y las mujeres pobres seguirán abortando de la única manera que pueden, con personas que actúan como carniceros que no respetan su salud ni sus vidas. 
En Argentina, sobre una tasa de 750.000 nacimientos al año, se realizan unos 500.000 abortos, lo que significa que por cada dos nacimientos, hay más de un aborto. El 17% de las muertes de mujeres gestantes se producen por abortos inseguros que, además, son la primera causa de muerte de mujeres embarazadas en Argentina, país en el cual cada 3 horas nace un bebé no deseado de una madre que tiene entre 10 y 14 años.
En Uruguay la legalización del aborto logró hacer descender las muertes de mujeres gestantes del 37% al 8%. ¿NO HA LLEGADO YA LA HORA DE QUE EL ABORTO SEA LEGAL EN ARGENTINA? 
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El suelo pélvico en la niña, la adolescente y la joven

Por María Urien, fisioterapeuta especializada en uroginecología y obstetricia. www.crianzanatural.com
Al salir de la bañera, mi hija resbala, solo un poco, lo justo para caer a horcajadas sobre el borde. Yo, que observo la escena porque la esperaba con la toalla desplegada en mis manos, pongo la misma cara que habréis puesto al leerme. "Ayyy, mamá, ¡qué daño en mi vulvita!". Ya envuelta en la toalla y en mis brazos, se seca las últimas lágrimas y me suelta desde sus cuatro sabihondos años: "Mamá, a ti te digo vulva porque eres medio médico y te gusta, pero que sepas que se llama chichi." Bueno, me digo, al menos puede manejar dos registros porque, y es mi opinión, la educación para la salud del suelo pélvico (y, por tanto, de la sexualidad, de la identidad, de la continencia urinaria, etc.) empieza por llamar a las cosas por su nombre, sin tapujos, con naturalidad y con respeto: si quieres llamar chichi a tu vulva me parece bien porque lo importante es que sepas nombrarla en cualquier situación o ambiente.
Lo que se nombra existe, y muchas nos hemos criado en un entorno familiar donde los genitales no existían. Como mucho, y a ser posible lejos de los hombres, escuchamos a nuestra madre protestar por la incomodidad o el dolor de sus menstruaciones. ¿Y cómo actuamos ahora con nuestras hijas? Somos conscientes del peso de aquel vacío, de aquel tabú, y encontramos palabras para nombrárselo a nuestras hijas así como también les contamos, orgullosas, que algún día ellas menstruarán con nosotras y todas encontraremos la manera de respetar el tempo sosegado que los días de río rojo nos piden. Que honraremos nuestra sangre menstrual como signo de nuestra capacidad de albergar la vida. Incluso idearemos un ritual para celebrar su menarquia.
Pero ¿qué cuidados hemos de prodigar/enseñar a sus suelos pélvicos? ¿Es demasiado pronto para prevenir? ¿Existe la posibilidad que se debiliten si aún no hay ni embarazos ni partos?
La infancia y primera juventud son el espacio de prevención por excelencia, pues nos decantamos por unos estudios, por unas prácticas deportivas, por unas actividades y actitudes que marcarán nuestro modo de vida y nuestra salud. También la de nuestro suelo pélvico.
La prevención pasa por tener una cierta idea de cómo es la constitución física de nuestra hija ya que, si tiene tendencia general a la hiperlaxitud, también los ligamentos que sostienen sus vísceras pélvicas serán más elásticos y pedirán más esfuerzo de soporte a los músculos del suelo pélvico...que también serán más laxos. Repetir una actividad típicamente infantil como saltar en la cama elástica puede estar sentando las bases de un futuro suelo pélvico sobreestirado e incapaz de contener las vísceras en su lugar. Si a alguien le parece exagerada o alarmista esta afirmación puede revisar el estudio de Ellisson et al1, en el que se desvela que el 80% de las saltadoras profesionales de trampolín presentan pérdidas de orina ¡con una media de edad de 16 años!
¿Cómo podemos saber cuál es la constitución de nuestra hija? Tendremos la sospecha fundada de que es hiperlaxa si puede extender sus codos y/o rodillas más
Musculatura hiperlaxa
allá de los 180º (como muestra el dibujo), si tiene tendencia al pie plano, si ha sufrido hernias inguinales o umbilicales o si muestra una gran elasticidad muscular.
Como nuestros tejidos vienen determinados por nuestra genética, para obtener más datos podemos revisar sus antecedentes familiares en busca de parientes con estas características.
Las niñas hiperlaxas deberían escoger con cuidado el deporte que quieren practicar, tratando de evitar aquellos que pongan en situación de estrés las estructuras ligamentosas y musculares que sostienen sus vísceras pélvicas. Son especialmente delicados aquellos que conlleven saltos, carrera, alteraciones en la estática fisiológica de la columna, como promover una postura con hiperlordosis lumbar (ballet clásico, danza rítmica...), levantamiento de pesos y ejercicios de abdominales clásicos sin protección del suelo pélvico. Por supuesto que las caídas y golpes, tanto las deportivas como las de la vida normal, también tienen repercusión en la estática de las vísceras pélvicas y habrán de ser revisadas.
Si, a pesar de todo, su práctica deportiva es alguna de las anteriores, convendría
irle haciendo valoraciones periódicas para ver si nos acercamos a un estado patológico, incluso en ausencia de sintomatología, y tratar de adecuar el entrenamiento en función de su ciclo menstrual, pues los tejidos corporales van cambiando al son de las subidas y bajadas hormonales: desde de la ovulación hasta el sangrado, cuando más alta está la progesterona, más delicados están todos los tejidos (incluso se ha llegado a ver mujeres que pierden un 25% del tono muscular) y sería el momento de evitar picos de esfuerzo. En cualquier caso, y en cualquier constitución, cuanto más alto subamos en el escalafón deportivo y más exigente sea el entrenamiento, más riesgo para su suelo pélvico.
Otra situación relativamente frecuente es el estreñimiento. Más de una hija se ha visto sentada en el inodoro incapaz de soltar la bola fecal y escuchando "Vamos, empuja, hombre, empuja" mientras su carita se ponía colorada por el esfuerzo. Cada empuje sobreestira el suelo pélvico y, si es una situación que se repite, puede llegar a no ser capaz de volver a su sitio. Mucho cuidado. Es el momento perfecto para aprender cuan importantes son las señales de nuestro cuerpo, pues algunas patologías de vejiga y algunos estreñimientos vienen de habernos acostumbrado a desoír la necesidad de ir al baño. Animémosla a escuchar y respetar esas señales. Además podemos colocar un banquito para que apoye sus pies mientras defeca u orina. Y, por supuesto, tomaremos medidas dietéticas.
Y ¿qué decir de las toses crónicas o de los meses de estornudos de las alérgicas? Que también necesitan una atención especial, pues comprometen la salud de su suelo pélvico no solo por el empuje brusco que el diafragma, a modo de émbolo, ejerce sobre todo lo que hay debajo de él en cada tos o estornudo, sino porque los antihistamínicos debilitan el tejido conjuntivo (que forma parte de todo nuestro organismo, y también del suelo pélvico, claro.)
Si nuestra hija tiene afición por la música, todo está bien mientras escoja un instrumento de cuerda o percusión, pero habremos de vigilar de cerca su suelo pélvico si escoge uno de viento o el canto (aunque la mayor parte de los maestros de canto son muy conscientes de la función y el cuidado del suelo pélvico al ser parte de su "instrumento"). ¿Por qué? Por la misma dinámica de transmisión de presiones dentro del abdomen que nos daba problemas en los estornudos o toses. En este caso, para lanzar el aire con la potencia suficiente para obtener el sonido deseado, hemos de "empujar" desde el diafragma y usar nuestros músculos abdominales, lo que vuelve a aumentar la presión en el abdomen cuya base es, ya sabemos, el suelo pélvico.
Por último, dentro de la etapa infantil, una pincelada de una cuestión íntimamente relacionada con el suelo pélvico y que tiene tratamiento con la fisioterapia uroginecológica: la enuresis. La consideraremos como tal y podremos empezar a tratarla cuando el niño o niña haya rebasado los 6 años; antes es difícil que colabore con el tratamiento y podemos tener un efecto contraproducente de rechazo y hastío. Si no hay una alteración anatómica (existencia de un tercer uréter que drena a vagina, por ejemplo), muchas enuresis se deben a una vejiga hipereactiva o inestable que se contrae y vacía antes de tiempo sin control voluntario. Con fisioterapia esto puede tratarse de forma no invasiva y sin efectos secundarios.
Como todos sabemos, la adolescencia suele ser una época emocionalmente convulsa en la que alguna nos hemos encontrado con un charco de orina a los pies después de un ataque de risa incontrolado. En estos casos, siempre y cuando no haya pérdidas de orina en otras circunstancias como toses, saltos o estornudos, el problema no sería achacable a una debilidad del suelo pélvico sino al paso por el sistema límbico de uno de los circuitos del reflejo de la micción. Este sistema límbico es muy sensible a las emociones fuertes y, bajo el estímulo de una, puede desorganizar el correcto funcionamiento del reflejo de la micción hasta el punto de desencadenar una descarga completa de la vejiga sin previa orden voluntaria. Si esto ocurre de forma ocasional, esperaremos que unos años más traigan serenidad y control emocional. Si es más frecuente, puede ser interesante valorar si no está acompañado de una vejiga hiperactiva y buscar un tratamiento fisioterápico.
Más adelante, cuando escoja una profesión, tendrá que cuidar más de su suelo pélvico si le gusta una actividad en que tenga que estar mucho tiempo de pie, llevar tacones, levantar pesos, saltar, correr o levantar la voz.

Conclusiones
Ya desde la infancia se puede cuidar del suelo pélvico y la continencia futura. Conociendo los riesgos de ciertas actividades podemos buscar la manera de evitarlas, minimizarlas o compensarlas si es que la niña o joven no quiere o no puede eliminarlas. Para compensarlas empezaremos por enseñarle a reconocer sus estructuras pélvicas internas y externas, a sentir y activar los músculos implicados y, después, a entrenarlos y a asociar su contracción a las prácticas potencialmente peligrosas para así protegerlos. Es decir, el planteamiento sería el mismo que aplicaríamos con una mujer adulta, sí, pero mucho más lúdico y más lento.
El detalle del tratamiento, aunque sea preventivo, vendrá dado por la situación particular de la niña, su actividad, sus tejidos, su grado de conciencia corporal y ha de ser diseñado y seguido por un fisioterapeuta especializado.

Referencias:
Eliasson K, Larsson T, Mattsson E. Prevalence of stress incontinence urinary in nulliparous elite tranpolinist. Scand. J Med Sci Sports. 2002; 12:106-10
Nygaard IE, Thompson FL, Svengalis SL and Allbright SP. Urinary incontinence in Elite Nulliparous Athletes. Obstetrics and Gynecology. 1994:2, (84): 183-7
Para más información sobre incontinencia urinaria asociada a mujer deportista consultar el siguiente enlace: www.elsevier.es

“La agricultura ha destruido el planeta y la cultura humana”, entrevista a Lierre Keith

Por Miguel Ayuso. Julio de 2018
Después de seguir una dieta vegana durante 20 años la salud de Lierre Keith “colapsó catastróficamente”. Este fue el problema que la llevó a investigar sobre cuál era realmente el motivo para no comer ningún producto de origen animal. Y llegó a la conclusión de que todo lo que daba por cierto no tenía sentido, ni a nivel ecológico ni político.
En su libro El Mito Vegetariano(Editorial Capitán Swing. ISBN: 9788494871023), un ensayo que está levantando polémica allá donde se publica, Keith, que actualmente edita la revista feminista Rain and Thunder, lee la cartilla a la práctica totalidad de la humanidad pues, en resumen, asegura que llevamos cargándonos el planeta desde hace 10.000 años, cuando inventamos la agricultura. Y dejar de comer animales no va a hacer más que empeorar el problema, pues ni es bueno para la salud, ni para el Medio Ambiente. No es bueno, siquiera, para el conjunto de los animales.
En realidad, el discurso de Keith no es novedoso, y aunque ella ha logrado atarlo de forma encomiable el escenario que pinta es tan incómodo que preferimos ignorarlo. Su postura es radical –por esencial, no por extrema–, pero te hace replantearte muchas cuestiones. Y no ha merecido la pena eliminar una sola frase de la conversación que hemos mantenido.

No sé si eres consciente de que tu libro no complacerá a nadie.
Sí, soy muy consciente de que este libro enfada a la gente, pero también ayuda a aquellas personas que son veganas y vegetarianas, que ya saben que la dieta les está perjudicando, no entienden por qué no funciona y están muy confundidas porque su mundo se está viniendo abajo.

En el libro planteas un punto esencial en todo el debate sobre el veganismo, y es que la vida es imposible sin la muerte, pero ¿es posible una muerte sin sufrimiento? ¿Es posible comer carne y preocuparse por el bienestar de los animales al mismo tiempo?
Siempre enfatizo que la ética vegetariana no está en cuestión. Los valores que subyacen al vegetarianismo (justicia, compasión, sostenibilidad) son los únicos valores que nos llevarán al mundo que necesitamos. Los valores no son el problema. El problema es la información que tenemos.
Existe una gran negación cultural sobre la naturaleza de la agricultura. La agricultura es lo más destructivo que las personas han hecho en el planeta. Tenemos que entender qué es la agricultura. La agricultura es una guerra contra el planeta. En términos muy brutales, tomas un pedazo de tierra, limpias todo lo que está vivo en él, y me refiero a que eliminas hasta las bacterias, y luego lo siembras para uso humano. Es una limpieza biótica. Y esto permite que la población humana crezca en proporciones gigantescas, porque en lugar de compartir esa tierra con millones de otras criaturas, solo crecen humanos en ella. Además del hecho de que has desplazado permanentemente a un inmenso número de especies –y cuando digo desplazado, estoy hablando de extinción–, el otro gran problema es que estamos destruyendo la capa superior del suelo. Y el suelo es la base de la vida; al menos de la vida de la tierra. Le debemos toda nuestra existencia a esos 15 centímetros de tierra vegetal y al hecho de que llueve. Así que ahora mismo, deberías sentir un escalofrío de terror. Porque a excepción de las cuarenta y seis últimas tribus restantes de cazadores-recolectores, la raza humana se ha hecho dependiente de una actividad que está matando al planeta. Esto se debe a que el 80% de las calorías de los alimentos que se usan para apoyar a la población humana actual provienen de la agricultura, de esos monocultivos anuales. Somos dependientes por completo de la destrucción de nuestro planeta. Doscientas especies se están extinguiendo todos los días. El 98 por ciento de los antiguos bosques y el 99 por ciento de los pastizales del mundo desaparecieron, destruidos por la agricultura. Comer una dieta vegana no es sostenible ni amable con los animales. La pregunta no es: ¿qué está muerto en mi plato? La pregunta es: ¿qué ha muerto por tener comida en mi plato? En el caso de los alimentos agrícolas, la respuesta es TODO.
No hay una opción libre de muerte. Para que algo viva, algo más tiene que morir. La única opción que tenemos es realizar los sacrificios mal o bien. A todas las criaturas les debemos nuestro humilde agradecimiento: las plantas, los animales, el fitoplancton, las bacterias. Todos hacen posible nuestras vidas. Tenemos el deber de asegurarnos de proteger la red de la vida, y cuando matamos directamente, hacerlo de forma que otros seres sufran lo menos posible.

Mucha gente que compra carne ecológica cree que esto evita el sufrimiento de los animales, pero ¿no es una especie de autoengaño?
Hay dos cosas por las que debemos preocuparnos. Una es la vida del animal. ¿Ha podido expresar su naturaleza completa? En otras palabras, ¿es feliz? La segunda es la muerte del animal. ¿Es la muerte lo más rápida e indolora posible? Ambas condiciones se pueden cumplir. Las vacas en pastoreo en una manada natural que cuidan a sus crías hasta que son destetadas naturalmente, por ejemplo. Pollos que tienen una gran cantidad de bosques y prados, y que pueden actuar de acuerdo con su naturaleza. Es muy posible atender completamente las necesidades de los animales. Lo que no es posible es producir alimentos que no impliquen animales muertos. Ahí es donde nos engañamos a nosotros mismos. Y no solo individuos muertos, sino especies enteras y comunidades bióticas enteras: esa es la naturaleza de la agricultura. Es irónico que la gente piense que una dieta vegana es la más pacífica cuando en realidad se basa en la actividad humana más letal.

Tu libro ataca en gran medida a la agricultura y es posible que, como señalan muchos antropólogos, el estilo de vida sedentario nos haya llevado a trabajar más y a vivir en una sociedad más injusta, pero ¿podríamos vivir de manera diferente hoy en día?
La agricultura ha destruido el planeta y también ha destruido la cultura humana. Es el comienzo del militarismo y el comienzo de la esclavitud. En los lugares donde comenzó la agricultura, la sociedad humana ha seguido siempre el mismo patrón. Lo llamamos civilización o, por usar una definición realmente básica, “la vida en las ciudades”. La agricultura es lo que hace posible la civilización. Una pista: cuando digo civilización, no digo que sea algo bueno. Son personas que viven en asentamientos lo suficientemente grandes como para requerir la importación de recursos. Por definición, han sobrepasado su base terrestre. 
La agricultura es esencialmente una guerra contra el mundo natural y es intrínsecamente destructiva. El patrón de la civilización es un centro de poder inflado rodeado de colonias conquistadas, desde donde el centro extrae lo que quiere. Las sociedades agrícolas terminan militarizadas, y siempre lo hacen, por tres razones.
Primero, la agricultura crea un excedente, y el excedente necesita ser protegido. Y, si se puede almacenar, puede ser robado.
La segunda razón es el imperialismo. La agricultura es esencialmente una guerra contra el mundo natural y es intrínsecamente destructiva. Eventualmente los agricultores necesitan más tierra, más mantillo y más recursos. La gente no renuncia voluntariamente a su tierra, su agua, su capa vegetal o sus árboles. Entonces, hay toda una clase de personas cuyo trabajo es la guerra, cuyo trabajo es arrebatar tierras y recursos a la fuerza: la agricultura lo hace posible y también lo hace inevitable.
Y el número tres: la esclavitud. Algunos de esos recursos son ni más ni menos que otros seres humanos. La agricultura también es un trabajo agotador. Los cazadores-recolectores solo trabajan unas 17 horas a la semana. Para los agricultores, el trabajo nunca termina. Para que cualquiera tenga ocio, son necesario esclavos. Hemos perdido la memoria cultural de esto porque hemos estado usando combustible fósil en su lugar. Pero si la energía utilizada por el estadounidense promedio tuviera que ser producida por humanos, necesitaríamos cada uno 300 esclavos. ¡Trescientos! Y, por supuesto, una vez que tengas un gran número de la población esclavizada, necesitarás a alguien que los mantenga así. Por lo tanto, soldados. Este es el ciclo en el que hemos estado viviendo durante diez mil años.
Hacia el año 1800, las tres cuartas partes de las personas en este planeta vivían en condiciones de esclavitud, contrato o servidumbre. Así que una y otra vez tienes este ciclo: donde el centro de poder se eleva tienen que salir y obtener más recursos, eventualmente se agotan y luego hay un colapso de la población. Entonces todo vuelve a empezar.
La civilización que conocemos se ha vuelto global debido a los combustibles fósiles. La inevitable caída será catastrófica. Y estamos derribando todo el planeta con nosotros. Me preguntas si podríamos vivir de manera diferente hoy. No solo podemos, sino que tenemos que hacerlo, si queremos sobrevivir.

En tu libro explicas que el pastoreo es la forma más sostenible de ganadería, pero ¿nos permitiría comer a todos? ¿No generaría otros problemas?
Hay 6 mil millones de personas que están aquí solo debido a los combustibles fósiles. Este plan no tiene futuro. El petróleo se va a acabar. Nada de lo que hacemos es sostenible en nuestros números actuales. No hay forma de que el tipo de reparación que necesita el planeta proporcione alimentos a todos los que están aquí: comenzamos a sobrepasar la capacidad del planeta desde el día que los humanos asumimos la agricultura. Muchos de los argumentos políticos para el vegetarianismo se centran en esta idea de que una dieta vegetariana podría alimentar al mundo. Queremos un mundo justo donde se alimente a todos los niños. Pero nuestra especie comenzó a sobrepasar su límite hace diez mil años y eso no se puede hacer. “Los hechos no son derogados por la negativa a enfrentarlos”, escribió Catton. Nosotros –la raza humana– vamos a tener que enfrentar este hecho si tenemos alguna esperanza de trazar el camino hacia la verdadera sostenibilidad sin pisotear los derechos humanos y preservando el orden cívico. La alternativa son escenarios sombríos y desagradables de inanición masiva, plagas, conflictos raciales y tribales, misoginia, fundamentalismo y colapso acelerado del ecosistema.
SI DEJÁRAMOS DE TOMAR LO QUE NO ES NUESTRO, ENTONCES LOS BOSQUES Y LAS PRADERAS, LOS HUMEDALES Y LOS RÍOS, PODRÍAN REBROTAR Y REGRESAR.
La verdadera pregunta es: ¿qué métodos de producción de alimentos reconstruyen la capa superior del suelo mientras se usa solo el sol y la lluvia? Porque ningún otro recurso es sostenible. Usando esos métodos, y solo esos métodos, ¿cuántos humanos podría soportar el planeta? Porque el día en que produjéramos sólo a uno más de nosotros que ese número, sería el día en que deberíamos avergonzarnos de nosotros mismos como especie. Y ese día ya ocurrió, hace 10.000 años.
Necesitamos hablar sobre la población humana. La gente tiene miedo de este tema, pero no es necesario. Treinta y tres países ya tienen un crecimiento poblacional estable o negativo. Se puede hacer. ¿Y cuál es la acción número uno que podemos tomar para reducir la tasa de natalidad? Enseñar a una niña a leer. Eso es. Cuando las niñas y las mujeres tienen incluso más poder sobre sus vidas, eligen tener menos hijos.
Deberíamos preocuparnos por esto de todos modos, porque nos importan los derechos humanos, y las niñas cuentan como humanas. Pero resulta que asegurarse de que las niñas cuenten es la única forma de avanzar. No estamos hablando de las personas contra el planeta. Son las personas más el planeta.
Se podría hacer. No hay obstáculo físico en el camino. No tenemos que violar las leyes de la física o la química. En el transcurso de dos o tres generaciones, podríamos apoyar los derechos humanos para reducir nuestros números a algo sostenible mientras reparamos lo que hemos destruido. Si nos alejamos del camino, si dejamos de tomar lo que no es nuestro, entonces los bosques y las praderas, los humedales y los ríos, regresarían. Porque la vida quiere vivir. Ferozmente, quiere vivir.

¿Qué piensas de la agricultura ecológica? Como sabes, también existe mucha controversia sobre su utilidad para proteger el medio ambiente y muchos lo consideran menos eficiente, de hecho, que la agricultura convencional.
Bueno, no creo que la agricultura ecológica frente a la química sea realmente el problema. Creo que la agricultura es el problema ya sea ecológica o no.
El veganismo generalmente tiene un fuerte contenido político, pero ¿es realmente posible luchar contra el capitalismo al dejar de comer animales?
No, comer una dieta vegana solo empeorará el problema. Los vegetarianos creen que si todos comiéramos una dieta basada en plantas habría suficiente comida para todos, no tienen conciencia de que la agricultura es la destrucción del mundo. Tampoco entienden que la cantidad de grano que se produce en este momento solo puede ser alcanzada gracias a una reducción tanto del suelo como del combustible fósil. Cuando comes cereales estás comiendo petróleo en rama. Eso ha sido cierto desde la década de 1950, desde la llamada revolución verde.
El argumento es que todo el grano que se destina a alimentar a las vacas debe ir a alimentar a las personas. Es un argumento simple y puedo entender su atractivo. Lo creí por años. Pero no tiene nada que ver con la realidad. Iowa no está cultivando maíz para que se pueda alimentar a los animales. Los vegetarianos políticos entienden esto al revés: el cereal no se produce para alimentar a las vacas, es un excedente que se usa de esa manera porque el precio del grano es muy bajo. Y ha sido llevado a un precio tan bajo por las seis corporaciones que esencialmente controlan el suministro mundial de alimentos.
Necesitamos entender esto. Cargill es la tercera empresa privada más grande del planeta. Cargill y Continental representan cada uno el 25 por ciento del comercio de cereales: eso es la mitad entre ambos. Cinco compañías controlan el 75 por ciento del maíz; cuatro poseen el 80 por ciento del procesamiento global de soja.
Reducen los precios por debajo de los costos de producción y los mantienen allí. Tienen un monopolio. Hicieron que el gobierno federal, los contribuyentes de los Estados Unidos, compensaran la diferencia. Los granjeros en los Estados Unidos están atrapados en esta horrible cinta de correr. Con el precio por los suelos tienen que producir más y más y más solo para no perder el control del agua. Todavía no pueden recuperar sus costos de producción debido al monopolio de los cárteles de cereales. El Gobierno dará un puntapié justo para mantener a los agricultores en el negocio. Y luego, al año siguiente, la misma historia es peor, ya que el precio es aún menor debido al excedente del año pasado. Eso es lo que está pasando en el Estados Enidos rural. Y por eso hay tantos suicidios entre los granjeros.
Partiendo de nuestra economía capitalista alguien descubrió que teniendo el tan barato, se podía alimentar a animales confinados y producir carne realmente barata. No importaba qué se les hiciera a los animales o al medioambiente.
Las vacas no están destinadas a comer maíz. Eso las mata. Unos pocos meses en una unidad de engorde es todo lo que pueden aguantar. Están diseñadas para la celulosa, para comer hierba, no maíz. La ganadería industrial comenzó en la década de 1950, no existía antes porque no tenía sentido económico. Lo que impulsó la ganadería industrial fue la revolución verde. Había una montaña de cereal excedente y no había lugar donde meterla. Necesitamos detener la ganadería industrial. Cualquiera debería estar de acuerdo. Pero eso no impedirá que un solo agricultor deje de producir maíz en exceso. Hemos entendido esto al revés durante 30 años. Esta parte del mito vegetariano no tiene relación con la realidad.
Y creo que la razón es porque ninguno de nosotros pertenece al mundo rural. La realidad de los agricultores tiene tanto que ver con nuestras vidas como el lado oscuro de la luna. Pero tenemos que entender lo que el poder corporativo le ha hecho a nuestra comida, nuestra salud, nuestra economía, nuestro gobierno y nuestro planeta. La otra cosa que debemos entender es que el cereal estadounidense está causando hambruna en todo el mundo. No está ayudando. La agricultura industrial crea esos rendimientos industriales. Esos superávits son luego arrojados a los países pobres, destruyendo sus economías de subsistencia locales, expulsando a los agricultores de sus tierras y convirtiéndolas en la miseria urbana. Puede parecer contradictorio, pero el último lugar donde deberíamos poner comida barata es cerca de personas con hambre crónica. El grano estadounidense está causando inanición, no aliviándola.
SI TE IMPORTA EL HAMBRE EN EL MUNDO Y COMPRAS UNA HAMBURGUESA DE SOJA, ESTÁS DANDO DINERO EXACTAMENTE A LAS PERSONAS QUE SON EN GRAN PARTE RESPONSABLES DEL PROBLEMA
Según Oxfam, “Los exportadores pueden ofrecer excedentes de los EEUU a la venta a precios de alrededor de la mitad del costo de producción; así destruyen la agricultura local y crean un mercado cautivo en el proceso. Este ciclo de control corporativo, sobreoferta y dumpingconduce a la destrucción de las economías locales de subsistencia. Socava los medios de subsistencia del 70 por ciento de las personas más pobres del mundo”.
Esta no es una solución al hambre en el mundo. De hecho, condena a las naciones pobres a participar en una economía de mercado donde tienen que producir materias primas, como madera y metales, o bienes de consumo baratos para las naciones ricas, como zapatillas de deporte o chips de ordenador. Con los centavos que reciben a cambio, luego tienen que comprar su comida a esas mismas naciones ricas. Es un sistema destructivo, inhumano y opresivo. Tengo que creer que los vegetarianos a los que le preocupa la política no lo han pensado bien.
Quiero que comprendamos esto porque si te importa el hambre en el mundo y compras una hamburguesa de soja, estás dando dinero exactamente a las personas que son en gran parte responsables del problema.

En el libro dices que ser vegana te ha causado grandes problemas de salud. Muchos nutricionistas argumentan, sin embargo, que es posible seguir una dieta vegetariana saludable y, por supuesto, los veganos piensan que es más saludable no comer carne. ¿Puede ser realmente peligroso?
Sí, es peligroso. Hay criaturas que han enfermado seriamente porque sus padres veganos se niegan a escuchar a la ciencia. Esto es muy serio.
Las dietas vegetarianas tienen dos problemas: uno de exceso y otro de deficiencia. Estas dietas contienen demasiados carbohidratos y demasiados ácidos grasos Omega-6. El cuerpo humano nunca estuvo hecho para manejar tanta cantidad de azúcares, y los Omega-6 producen inflamación en todo el cuerpo. Esos dos problemas son, en gran parte, responsables de los problemas de salud asociados universalmente con los pueblos agrícolas. Tenemos un nombre para esto: Enfermedades de la Civilización. Cáncer, diabetes, enfermedades cardiovasculares, enfermedades autoinmunes, toda la cohorte de condiciones degenerativas y crónicas que asumimos que son normales. Estas enfermedades eran desconocidas entre las poblaciones de cazadores-recolectores, tanto en las históricas como en las actuales. Un arqueólogo puede ver a simple vista si un hueso era de un granjero o de un cazador. Los huesos del cazador eran largos, fuertes y libres de enfermedades. Los huesos del agricultor eran cortos, frágiles y plagados de enfermedades. Lo primero que ocurrió cuando las personas se dedicaron a la agricultura fue que redujeron su estatura unos quince centímetros y comenzaron a tener problemas con los dientes y los huesos. Y esto ocurrió en todo el planeta.
Para mucha gente vegana los carbohidratos del grano reemplazan los productos de origen animal. Las deficiencias que resultan de ello son numerosas: hay carencias de proteínas, grasas, vitaminas liposolubles como las vitaminas A y D, las vitaminas B, el hierro hemo. Todos estos nutrientes son esenciales para la reparación y el mantenimiento del cuerpo humano.

En España tenemos un gran problema de despoblación rural. Tres cuartas partes del territorio están enormemente deshabitadas y la población se concentra en las grandes ciudades. Esto hace, por supuesto, más difícil seguir una dieta de proximidad. ¿Ayudaría la recuperación de las áreas rurales a alcanzar los objetivos de los que hablas en el libro?
Seguro que sería un componente importante. Las economías locales pueden revivirse ofreciendo alimentos que dan vida a los humanos. Al buscar y apoyar granjas basadas en pastos, podemos ayudar a sanar el planeta en cada comunidad. El dinero gastado en esas granjas es crucial para revitalizar las economías locales.

Siendo realistas, ¿siempre es posible saber de dónde viene la comida? ¿Podemos realmente generar nuestra propia comida?
Todo es posible. En las últimas dos generaciones, el control corporativo del suministro de alimentos ha forzado la migración masiva hacia las ciudades. La población rural ha perdido el control de la tierra y ha tenido que abandonar su modo de vida. Hay profundas injusticias aquí. Podemos revertir eso. Pero la gente tiene que entender los mecanismos que han creado esta situación. Muchas personas están despertando. Donde vivo, en los EEUU, hay un próspero movimiento de alimentación local que comprende los temas entrelazados de la nutrición humana, las economías locales, el bienestar animal y el calentamiento global. ¡Por suerte podemos correr la voz! Saber que tu comida está reparando tu cuerpo, el suelo, la comunidad biótica y las conexiones entre humanos es algo maravilloso. La gente está hambrienta de este conocimiento y del mundo mejor que nos espera si somos capaces de integrarlo.